viernes, 7 de noviembre de 2014

          
  



CUENTOS  INCOMPRABLES

                               MARXE MORENO




 
                                                 
                                      MARXE  MORENO         BUENOS AIRES, 1957



Derechos exclusivos de edición en castellano
y en todas las demás lenguas existentes
en todo el mundo mundo:  Marxe Moreno


Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio.

Edición anterior: Abril de 2012
Nueva edición: Junio de 2013
Impreso en la Argentina

comunicación:






                                           ÍNDICE


Dios ha salido
Senderos de piedritas
Mundo hecho pelota
Monumento al vidrio
Hordas de negociantes
Ciudadanos de utilería
Visibilidad
Lluvias coagulantes
Últimamente 
A la perinola 
Curiosidades
Trabajo
Universidad de la calle
Patetismo
Lo haré por fin
Una de amor
Aluvión originario 
Vista campera
Ultrapalabra
Difundiendo
Suceso normal
Acechar fullero
¿Qué estás buscando?
Ozono
Novedades en palabras
Escaleras al cielo
El tiempo
Ante uno
Hablares
Geometría
La letra del silencio
Interconectados
Impersonal
Logros del capitalismo
Compradores ambulantes
Hábitos del alma
Un insectito
Un cuento menos
Opinión de la corona
Falso informe sobre Descartes
Monoloides
Anillo de libertad
Calvario
La religión del Adiós
Fin del mundo
Puras palabras
Verdades
No había otra







DIOS HA SALIDO A CONQUISTAR EL UNIVERSO QUE PREVIAMENTE ÉL HABÍA CONSTRUIDO


En la última página de su libro de arena, Dios revela el desenlace de este episodio del tiempo, bastante parecido a otros desenlaces de otros tantos episodios cósmicos.
Básicamente, un mundo puesto al borde de una galaxia de pequeñas dimensiones, en un universo infinito con galaxias enormes, mil veces mayores que la ínfima galaxia de este mundo.
En ese epílogo, Dios, como usualmente acontece, declara el sentido de la creación; presenta la fórmula matemática que demuestra la pertinencia físico-química de los milagros, e informa sobre la real ubicación cuántica del sistema solar. Y, en verdad, quizás sea en esto último que esté la clave de todo.
Dios, que asume para esos párrafos del final la forma dialogada, se encuentra preguntándose:
-¿Cómo que el universo era finito?
Dios ríe y se grita:
-¡Sí! ¡Y de tan finito que era, era inmaterial!
-¡¡El universo era inmaterial de tan finito que era!!- se reitera a carcajadas.
Hoy es un día A del universo nopo, y las estrellas ya no existen. De modo que lo único que hay es Dios gritando en su vacío.
Para demostrarse la finitud del universo vuelve atrás algunos miles de días, cuando aún nada había empezado a desintegrarse.
Compacta el universo hasta hacerlo de un tamaño abordable, y a la velocidad de la luz llega inmediatamente hasta el límite de todo, hasta la constelación final, hasta el vértice más extremo de la última estrella.
-Más allá… ¿qué hay?- se pregunta Dios, ahí encaramado.
-Nada- se dice- Más allá no hay nada. Más allá no existe.
Más allá no había ni Dios, ni existía la distancia. Esto había hecho que el universo le pareciera infinito. Pero sólo era que, al llegar a aquella frontera, Dios se esfuerza por avanzar hacia ese más allá, y está así, impulsándose hacia ahí, rato y rato, y a lo último no ha prosperado ni un milímetro.
El fin de la creación es un constante ir, sin pasar de ahí.
-Ésa es la nada- se informa Dios. -Y claro, la nada no existe- se acota.




SENDERO DE PIEDRITAS

Una de estas mañanas el hombre avanza por los senderos de piedritas que corren al azar en medio de la plaza, cuando descubre que, de pronto, sin quererlo él, se cruzó hacia el margen interior de una nube invisible, amontonada justamente ahí por donde tiene que pasar la gente.
Una vez que ha traspuesto el margen hacia el interior de la nube, el sonido de sus pisadas golpeteando sobre las piedritas del sendero se vuelve materialmente claro, como un eco de la alta montaña que se diera de pronto. Entonces el hombre da otros pasos, resuelto a ubicar el centro neurálgico de la nube, para atravesarlo y empezar a salirse de ella, y sin embargo ya está extraviado.
Una insistencia de sí lo consume hacia todas partes, dado que no llega a mirar más que el vapor invisible de la nube, dispuesto en lacios manchones transparentes que surcan alrededor de sus ojos, y no acierta ni con un punto de referencia espacial.
Cierto terror que le da lo pone a tiritarse un baile moderno sin musicalidad durante un medio minuto. Como resultado ahora no sólo es que desconoce u olvida sobre cuál suelo anda, sino que tampoco recuerda de dónde vino, ni hacia dónde iría.
En eso, de golpe, imagina la plaza. Se acuerda de estar viéndose ahí cuando pasó lo de la nube interceptándole el camino.
Presupone que pueda haber habido un desplazamiento del eje espacio-temporal, en el que la eternidad y la lejanía se deben haber convertido en una baba de átomos licuados a finas temperaturas de humectación.
Seguramente la plaza, la nube, y él en ella, conforman el vértice desdimensionado de una bocacalle de esta galaxia, y ahora todo no es más que una molécula a velocidad ping pong hacia otro universo gigante donde su estatura no cuenta.
La realidad lo acosa con una llovizna que lo empapa intangiblemente. De súbito, en medio de la invisibilidad, siente posarse sobre su piel la melosa caloría del sol; se da media vuelta y ve al sol asomando entre la llovizna, en un repliegue de la nube, tocada como por el alfanje a colores de un pequeño arco iris momentáneo.
El astro máximo de la iluminación se presenta reluciente y voluble, como un buche grande de mayonesa. Pero al tacto íntimo del sol contra su cuerpo, él se da cuenta de que eso no es el sol, sino que es la luna llena, que parece haberse acercado demasiado y brilla con rayos bronceados, como si toda la superficie lunar estuviera cubierta por vidrio color ámbar de botellas de cerveza vacías.
Al hombre le da una pálida impresión de haberse enganchado a un sueño que le duró toda la noche, soñando con que salía cada día al trabajo, y que se había casado y que después se separó; que alguna vez tenía un hijo, y que vivió cercado por edificios, alineado en filas de ropajes que simulaban personas.
Y luego vuelve a despertarse y se ríe hasta el borde de la vida, que lo va desapareciendo como si nunca nada hubiera sucedido.



UN MUNDO HECHO PELOTA

Hubo unos siglos en los que el mundo no era como ahora, que es apelotonado, sino que era plano.
Y era de una manera plana muy intensa: solamente una superficie laminal, sin nada por dentro. Y las cosas serían más fáciles, menos densas y cargosas, y todo pesaría unos cuantos hectómetros menos de profundidad.
Y de ahí que pudieran haber más ángeles voladores por entonces, más milagros también, y esas rarezas de guerras con muchos héroes y una generación de dioses todavía tan jóvenes.
Pero después, un poco antes de que se le empezara a dar la vuelta al redondel del mar, los tiempos habían sufrido una progresión de animales que evolucionaban, y la bestialidad se volvió como un brebaje que se chupaba en los espacios intermoleculares de la materia.
Por lo tanto se habían acabado los santos; se borraron multitudes enteras de gente con ganas de moverse y de sonreír sin miedos.
Ya había demasiadas rutas marcadas en mapas a ninguna parte.
Y las cosas que antes eran más gráciles que las nubes de igual color que el cielo se hicieron pesadas, se hincharon.
El ombligo del mundo se fue al final para el fondo, hubo un expandirse de borbotones de piedra gorda hacia lo que vendría a ser el centro del merengue, y el mundo, de liso y epitelial que era, eso que era simplemente una hoja de mundo flotando sobre una caparazón de elefantes, eso que era la planitud más ideal, engrosó, y engrosó, y de media página de mundo que era, terminó hecho totalmente pelota. Adquiriendo la silueta de una esfera, que es la única forma menos imperfecta de las que existen.
Y, así, pelota como se convirtió, empezó a rodar, viniéndose abajo en caída libre imparable a través del universo infinito, cada vez más apelotonado a medida que se iba hundiendo.
Y de igual manera está esta gente que lo habita, con un cerebro que los va bamboleando de cuadra en cuadra, saltando entre imprevisiones, desbandados de la realidad por ese grosor de lingote de cada uno de sus pensamientos.
Y en la mitad de toda esta pelotudación de los sucesos hay varias agrupaciones de seres inespecificados que intentan detener la cosa; que regrese atrás, hasta lo que fue en otra oportunidad el tiempo.
Y por eso se dedican a ciertos artes rituales, como desarmar relojes a cuerda, o a martillar directamente los relojes digitales que se quedaron sin pilas. 



MONUMENTO AL VIDRIO

Alguno tuvo la transparente idea de levantarle un monumento al vidrio. Concesionaron su creación a un grupo que fabricaba de todo en vidrio. Elaboraron un vaso. Lo original era el tamaño. Quince metros de diámetro en la base y cuarenta metros de altura, instalado en una plaza.
La forma del vaso en general no causó discusión. Era un vaso simple de bar viejo, de los que ya casi no se encuentran.
Facetado en hexágono, sus seis paredes eran prismas verticales que se ensanchaban hacia arriba, y se inclinaban hacia afuera en un ángulo de 30 grados con respecto a la base. Su tope era coronado por una franja circular del mismo vidrio homogéneo que todo el resto, como de siete metros de alto, y en su borde superior se volcaba un poco hacia fuera, como si el vaso estuviera invitando a beber de él.
La base era asimismo circular, en vidrio macizo de dos metros de espesor. A quien viniera caminando y mirara, le reflejaba en espejo convexo toda una medialuna de la plaza, en color azul o aguamarina, dependiendo de la hora o del clima que hubiera.
En la base había una rejilla de desagüe, y todas las noches los encargados de la limpieza entraban por una compuerta invisible para barrer el hollín caído en el fondo. Y a fin de que el vaso brillara impecable, después de cada lluvia venía una grúa portando un franelón gigante, y secaba y lustraba el vaso por dentro y por fuera. Un trabajo que se realizaba de noche y duraba un rato.
De modo que cuando los que aún no se habían dormido oían el ruido wigui-wigui de la franela frotando un vidrio ya seco y limpio, se quedaban pensando en cómo se verían de desconsteladas las estrellas a través del vaso, ahora que la lluvia terminó y empieza a despejarse el cielo.



HORDAS DE NEGOCIANTES

Hordas de negociantes vituperan en las autopistas, alarmados por un repentino estancamiento, dichosos de contar con un motivo para exteriorizar esos exabruptos que tenían siempre tan a flor de mente desde el día en que se dieron cuenta de que estaban atrapados en un sistema y que ya no querrían salir de él. Y entonces les entró un odio...
Ahora gritan como caníbales. Varios cantan la canción emblema de las últimas dos generaciones –¡Por un mundo peor!- el estribillo de la canción es gritado con impetuosa alegría dentro del las burbujas de lata a motor, sostenidas sobre recias burbujas negras de goma, inmóviles en el dragón de asfalto que surca la ciudad de lado a lado, a unos dos pisos de altura.
Los carriles siguen compactos y las hileras de burbujas no avanzan.
Hay un estrépito de bocinas con sonidos a detonación atómica y a villancico navideño.
Los negociantes, exasperados al borde de las ventanillas, asoman una manga de sus trajes sobrios para compartir su enfado con el resto, y se aflojan el nudo de la corbata (algunos incluso ya se han despojado de ella y se les ven los botones de la camisa).
Hay un golpetear arrítmico de alucinaciones ópticas sobre los vidrios de los parabrisas.
El día está lindo, parece una primavera templada, no hay necesidad de calefacción ni de aire acondicionado, y dan ganas de dejar las burbujas embotelladas y dar un paseo por los alrededores.
Pero algunos se encierran y encienden los filtros depuradores de nitrógeno, a riesgo de que la batería se gaste y hay que ver si después la burbuja les arranca.
Ya es un mediodía intenso.
De pronto, desde todas partes de la ciudad la gente ve elevarse pequeñas burbujas transparentes, como de jabón, pero menos fugaces, infladas con un gas más liviano que el aire, y por eso ascienden lentamente entre el sol cremoso y las sombras tibias de los edificios, hasta que la atmósfera de la ciudad se llena de esos redondeles deslumbrantes donde se reflejan las casas, las avenidas, y también las burbujas de metal con la gente atascada.
Las burbujas del aire reflejan a la gente que espera ansiosa en sus burbujones sin saber bien qué pasará ni dónde, haciendo conjeturas a cien por hora y buscando entre los programas de la radio alguno que hable de esto raro que sucede, pero en todas las estaciones sólo pasan una música de caníbales.
Los negociantes, con el ansia casi abolida por el desconcierto, finalmente dejan la música a un volumen menor, y de conjunto se deciden a abandonar sus autos y acercarse hasta el borde de la autopista a mirar abajo, a la calle, para ver qué hay.
En las veredas, la gente también se ha detenido extasiada.
De cualquier parte surgen burbujitas transparentes que ascienden, con retazos de la ciudad dibujados en ellas.
Por suerte es un día lindo y ni siquiera hay viento, sólo de a momentos algunas rafaguitas de brisas, por lo que las burbujas apenas bailan un poco entre sí, mientras dejan atrás la superficie terrestre, cargando los reflejos de las imágenes de todos esos otros burbujones de metal detenidos, y las imágenes de la gente asomada al borde de las autopistas, y de los que miran desde la calle, y de los que desde muchas ventanas salen a mirar cómo las burbujitas ascienden, y se encuentran reflejados en ellas por unos instantes, diminutamente. Después las burbujas se van perdiendo hacia el cielo, y estallarán contra algún viento en una encrucijada de las nubes.



ACERCA DEL EXISTIR DE LOS CIUDADANOS DE UTILERÍA

La gente se ríe sin parar en las calles. De golpe todos juntos dieron un medio giro de 180 grados y se quedaron mirando para atrás.
El haberlo hecho todos a una les causó mucha gracia.
Explotaron en unas carcajadas intermitentes, dejándose sólo unos espacios de suspenso que apenas les permitían recuperar el aire.
En el calambre de la risa se fueron arrodillando de cara al piso, conteniéndose la panza con los brazos.
Las bocas agigantadas, los ojos sin conciencia.
Terrible contagio general de la risa.
Las casas son abandonadas y la gente se ríe.
Habrá un retraso en el pago de sueldos y la gente ríe divertida.
Si hasta entonces aún no se había desatado la debacle final del mundo se debió a que la gente nunca se había reído tanto.
Como si al haberse todos dado vuelta de pronto hubieran vislumbrado al acaso un gesto distraído de la vida, o ese aire de absurda amargura, o un dejo de algo todavía más casual o indefinido.


VISIBILIDAD

Esto de la contaminación atmosférica le cambió un poco la transparencia al aire, al que ahora es común verlo; simplemente así, verlo, en diversos colores, dependiendo del color del contaminante que más lo coloree en cada momento.
Las ráfagas forman girones de colores densos, y se ven los remolinitos en los huecos de aire que las personas van dejando tras de sí al andar.
En el perfil de sus mangas y en el pelo, el contaminante se condensa en hilitos brillosos que flamean haciendo flecos y engalanan tanto el aspecto de la gente. En este aire manchado como de acuarela nos movemos con extrañeza.

Algunos aeroquímicos limitan bastante la visibilidad y suelen presentar brillos de esmalte. Pero hubo colores que, por el contrario, permitían ver con más profundidad y con mejor detalle, aunque también cansaban un poco la vista.
Este descubrimiento llevó a estudiar la luminosidad en medio de todo tipo de colores; para fines bélicos, por supuesto; pero también para, en un futuro, venderles los anteojos pertinentes a los consumidores. Ahora bien, la tonalidad que habría de otorgarle mayor relieve a una mirada debía ser la exacta; un poco de más o de menos y el resultado podría ser a la inversa, menos visibilizante. Claro que eso dependía bastante de cada persona. Así que las ópticas se encargarían de calibrar el tono de lentes aconsejable según cada color del aire.
Y todo con la inquietud de que algún día la atmósfera se limpie y ya no podamos usar los anteojos para colores que nos permitan ver más perfectamente que en la misma propia claridad natural que tal vez hubiere.


LLUVIAS COAGULANTES

Las lluvias coagularon los canales de desagüe, y la gente se recluyó en sus escondrijos a sosegarse con las distracciones patológicas.
La cosa venía radiante.
El agua pluvial se gelatinizaba al chocar contra las bolsas de basura atómica que se defecan desde los edificios de los barrios pudientes.
Por las calles rodaban los restos de un monstruo traslúcido, desmenuzado en copos fláccidos y temblequeantes.
En las bajadas, los copos de gelatina se precipitaban con ímpetu, y se teñían del gris oscuro de las partículas de asfalto deshechas con la lluvia.
Todo va tan lento que las veredas parecen moverse en el sentido opuesto al correr del agua de gelatina. Y por un momento la correntada queda inmóvil y sólo se observan las calles huyendo hacia otra parte, lejos de la ciudad.
Los automóviles se esfuerzan sin sentido atrapados en la viscosidad del agua.
Justo antes de la hora en que cierran los supermercados, algunas esquinas se pueblan de gente indecisa que no puede cruzar la calle.
Esa noche sueñan salteado, y del vacío que les aparece entre los sueños surgen los terrores cíclicos que los hacen despertarse sin palabras, con una sensación de ingravidez, que ellos absurdamente atribuyen a la desidia o a un brulote de su insistente tristeza.



ULTIMAMENTE

Ya los tóxicos industriales echaron a perder las vertientes del agua potable. Y más tarde los agroquímicos, y las mutaciones genéticas de los alimentos y toda esa contaminación general que se desencadena porque una cosa trae la otra, y de una producción controlada con todas las garantías de salubridad se pasa a docenas de experimentaciones donde no se toman los debidos recaudos, en función de hacer económicamente sostenibles las empresas.
Y así y así, todo fue variando de una manera imperceptible; pero no a causa de que los cambios se produjeran con lentitud, ya que ocurrieron en cuestión de pocas generaciones, sino simplemente porque no nos dábamos cuenta; aunque eran muchos los que se entretenían develando aquellas catástrofes ambientales, y hubo otros cuantos que encontraban su mejor diversión en alertar por los desequilibrios en la naturaleza, y tantos más se desternillaban de la risa pronosticando las alteraciones biomoleculares que iban produciéndose en el organismo humano.
Pero lo cierto es que el mundo no lo advirtió, a la civilización se le pasó por alto; nadie supo predecir lo que al final sucedería.
Es que parecía tan natural que estas cosas ocurrieran, ¿o acaso no habían sido desde siempre así?



A LA PERINOLA

Justicia, sinónimo de equilibrio, de igualdad en las posibilidades de hacer lo posible para las grandes mayorías.
Pero en la Gran Perinola las cosas funcionaban de otra manera.
Unos cuantos tenían a su servicio un ejército de vigiladores armados, lo que les permitía ocupar grandes extensiones de terrenos y vivir en sus costosas mansiones electrónicas.
También en Perinola estaban muy controladas las calles, las rutas, los aeropuertos, las costas y los océanos, los trenes y las sendas para bicicletas.
De modo que aquellos cuantos podían utilizar las vías de transporte a su gusto y conveniencia eran también los que tenían la capacidad de acceder a la mayor parte de los objetos útiles y deseados.
Podían ordenar que se les brindaran preferencialmente las mejores atenciones en medicina y en todo lo que requirieran.
Otros muchos vivían en chozas de chapas y plástico, consiguiendo muy ajustadamente una cuota de bienes y de servicios que les permitían sobrevivir sin enloquecer y algún día entrar a embestirla contra las instituciones del poder.
Entre medio de estos polos socio-económicos de Perinola, había una masa de gente que vivía con ciertas comodidades y bienestar.
Además, las condiciones en las que cada uno cumplía con sus actividades diarias eran muy diferentes entre una clase y la otra.
El sistema de desigualdades, muy relacionado con los instintos primitivos, era por este mismo motivo considerado como un sacramento de la tradición.
Desde la clase privilegiada se argumentaba que el dominio de una élite social por sobre las grandes multitudes es algo que corresponde a nuestras más entrañables cualidades animales y que debe permanecer siempre así, porque esa es la naturaleza de la realidad y no puede ser de ninguna otra manera.
Perinola rodó unos días y unos años más, y cuando los titulares de los diarios empezaron a gritar “Todos Ponen” la gente se distendió en unas sonrisas de desencanto sabiendo que aquel “Todos” no eran sino ellos, los más, los sustentadores del edificio social, los todos casi todos, la muchedumbre; los que pondrían lo que los dueños de la Perinola cantaban que había que poner, según por donde la Perinola rodara. Y en sus rincones técnicamente más vibrantes y seguros, los muy pocos con la suma de los derechos volcaban el giro de la Perinola hacia un titular que declamaba “Toma Todo”.
Y en sus fiestas de la alta aristocracia, ellos, dale que dale, tomándose todo.



CURIOSIDADES

Observá el perfil de los que se buscan en el reflejo de las vidrieras. En las diez mil vidrieras. Sumá en la ciudad la cifra creciente de pensamientos que se destartalan.
Agreguemos la ambiciosa humildad de los mendigos cabizbajos en la persecución tenaz de una moneda perdida.
Los maestros de ceremonias de un circo milenario cuentan los millones acumulados, ocultos por una pared de arcilla blindada. Se sienten seguros.
Las cámaras estratégicamente disimuladas les informan de posibles movimientos sospechosos.
Manejan un ejército de dementes programados con la orden de dar la vida por el sistema. Y también de quitarla.
Los maestros de ceremonias son los astros secretos.
Estrellas descomunales de luz invisible.
Ellos pesan sobre la realidad como un agujero negro.
Son domadores de domadores y hacen malabares con los titiriteros.
Dirigen el vaivén de los trapecios, y en sus nervios se tensan las cuerdas de los equilibristas.
Son astutos. Y conocen la psicología del público, (como que ellos mismos se la han modelado desde la infancia).
Así los convencen de qué gustar y con cuáles pavadas encandilarse.
Los han sumido en la enajenación de un ensueño y en diferentes formas de idolatría, desde el ritual de alguna fascinación mediocre hasta lograr entretenerlos con las denigraciones conceptuales más rastreras.



TRABAJO

Todos, absolutamente todos conocemos la llamativa intersección de vocablos que conforman la palabra trabajo.
Comienza con traba, de trabar, obstaculizar, detener, inmovilizar, dominar, y termina con abajo, hacia abajo, para abajo.
Por supuesto, “trabajo” no es la única palabra que puede representar la totalidad de los quehaceres socialmente válidos. Podríamos decir, en su lugar, tarea, actividad, o mismo quehacer, e incluso obrar. Pero no, elegimos decir trabajo.
Y desde que se entendió que la mente humana discurre en varios niveles, deberíamos llamarnos a la atención de que tal vez no sea ése el término más feliz para designar una realidad tan importante como la que hace posible nuestra completa existencia.
Desde el nivel mental más corriente de la vigilia nos olvidamos de esta doble idea que encierra el vocablo “trabajo”. Al pronunciarlo solemos “no pensar” en el significado de estas dos sub-palabras que lo componen.
Hay un nivel un poco más diluido de conciencia (que es el que establece los contactos automáticos que llevan de una idea a otra) que alguna vez nos hace reflexionar unos segundos en esto.
Pero desde ahí hacia lo profundo los niveles de conciencia se van haciendo más y más inconscientes, por así decirlo.
En algunos de esos niveles están arraigados los fundamentos que explican por qué se elige hablar de trabajo y no utilizar alguno cualquiera de sus sinónimos.
Son fundamentos guardados en los archivos secretos de la mente, no se recuerdan, pero están ahí, sustentando nuestras expresiones sobre lo que nos rodea, como las raíces ocultas crean al árbol tal como se expone ante el mundo.
Los significados de esta composición morfológica de la palabra “trabajo” son sin duda muy sugestivos.
Y sugestivos han de ser los motivos por los que esa palabra nos es tan afecta.
Al ser manifestada exteriormente, la palabra “trabajo” parece una declaración de orgullo por el deber cumplido, o una imprecación por el deber que debe cumplirse.
Pero desde los bulliciosos silencios de nuestras mentes, algo sin sonido nos está gritando: “traba” “abajo”. Algo nos está advirtiendo. Algo se está denunciando.
Algo que somos nosotros mismos, una lejana parte de nosotros que “se-da-cuenta”, y a la cual otra parte de nosotros, que también se da cuenta de otras cosas más urgentes, debe acallar.
Porque sucede que nuestra persona se enfrenta a una contradicción existencial: el trabajo posterga nuestra libertad, nuestros verdaderos deseos; nos resta el tiempo que querríamos dedicar a todo aquello que amamos, y de lo cual debemos resignarnos a tener apenas un poco, en función de abocarnos a ganar el sustento que nos haga posible obtener aunque más no sea ese poco de dicha.
Pero en nuestro interior una voz escondida, una voz afónica, nos alerta, nos protesta.
-¿Y, qué tal el trabajo?
-¿Cuál trabajo?
-Éste, este escrito.
-No, oiga, trabajo es hacer algo que para los demás pueda resultar algo útil, aceptable, tal vez accesible. Y este escrito no es ni útil, ni aceptable, y mucho menos accesible, sepa. Es nada más un pasatiempo de su parte. Es algo por lo que nadie abonaría un céntimo, es un desperdicio que para la sociedad no vale nada, ¿entendido?
-¿Un desperdicio?
-Sí. Usted está desperdiciando el tiempo en que debería dedicarse a tra-ba-jar, y no a acometer estas banalidades que tienden a cuestionar la idea sublime de que cada día hay que trabajar y trabajar y trabajar para sobrevivir y reproducir la especie humana y la cultura, y sumirnos en los entretenimientos estupefacientes de masas que nos evitan jamás dudar de esta gran y eminente verdad.



UNIVERSIDAD DE LA CALLE

No. No es una universidad reconocida por el Estado nacional.
Sin embargo, La Universidad de la Calle es de índole tanto pública como privada, en el sentido de que, con esa asistencia tan mayoritaria a sus primeras cursadas, su existencia se funda exclusivamente sobre la iniciativa privada de cada alumno en su afán por ser parte de ella.
Así, sólo por la vocación del estudiante de sumar conocimientos en esta Universidad, es que el desarrollo de cada materia se presenta al alcance del alumno en una resolución pedagógica óptima a la propia percepción cada vez más agudizada del educando.
¿Por qué? Porque en la Universidad de la Calle los alumnos aprenden a pensar y a comprender, cualidad básica de todos los graduados en sus aulas; dada la premisa educativa elemental de que sin aprender a pensar y comprender será imposible avanzar en los cursos y abordar con éxito el momento crucial del último examen.
Demás está decir que la Universidad de la Calle, siendo una universidad de puertas abiertas, absorbe año tras año una cantidad multitudinaria de jóvenes entusiastas, disponiendo para ello de un vasto plantel docente, erudito en la práctica de sus bien conocidas clases al aire libre que se imparten por la ciudad, en aulas de café o en pasillos al paso.

Sin mayores artificios publicitarios, la Universidad de la Calle se beneficia con las atenciones que le otorga la preferencia popular.
En muchas familias es tradicional la mención de la Universidad en el ámbito hogareño, donde los hijos crecen ya imaginándose integrados a sus módulos de enseñanza, pletóricos de la sabiduría de profesores y técnicos en las diferentes disciplinas.
La graduación es un gran objetivo, pero no es el fin de la relación con el estudio, sino en verdad el nuevo comienzo revelador de una recién estrenada noción de innegable relieve cósmico para con la vida.
Es natural que muchos graduados permanezcan en relación cotidiana con esos claustros a cielo abierto que, tras haber albergado sus esfuerzos e ilusiones estudiantiles, son a la edad madura su patria chica y la frontera entre lo verdadero y lo posible, y siempre con la atención despierta a la teoría novedosa y al advenimiento de saberes actualizados.

Por sobre todas las cosas, la Universidad de la Calle es el reservorio social más consuetudinario en la historia de las clases populares, el más consistente y perenne ámbito de las relaciones grupales e individuales.
Y esto así obra en concordancia con la naturaleza misma de la Universidad, al organizar su docencia y sostener su estructura pedagógica en función de una trama perfectamente establecida de horarios y programas curriculares, tal que los alumnos fluyen de clase en clase, aula tras aula, como si aparentemente estuvieran siendo convocados por otras tareas, antes que las del alumbrarse por la sagrada develación de lo ignorado. Y esta es la manera en que el conocimiento surge normalmente, como una novedad imprevista, incluso sorprendente.

Muchos aspirantes asisten apenas los meses iniciales de cursada, hasta que los primeros exámenes los inducen a abandonar, y así sucesivamente.
De modo que los años superiores cuentan con tan poco alumnado, que muchas veces la Universidad se permite disponer de un docente dedicado en forma exclusiva a un solo alumno cercano a la graduación.
Esta integración tan contigua conforma desde ya una actividad académica recíproca, tanto en relación a la consolidación profesional como en cuanto al ejercicio investigativo.
A raíz de esta característica formativa es que se afirma que la estructura total de la Universidad se compone de las relaciones de amistad que congregan a estudiantes y docentes.
En las horas libres se disfruta casi obsesivamente del juego del qué nos decimos, donde los jugadores mantienen un dialogo, del cual cada uno guarda en su memoria alguna frase significativa suelta, y luego al final comparan las frases y tratan de reconstruir el diálogo.
Lo más entretenido es cuando averiguan cuál fue la primera frase significativa que alguno recuerda, y descubren consternados el dislate en que ha venido a convertirse todo esto. 


PATETISMO

En el principio de la generación había dos grupos bien distintos que seguramente habrán de perdurar mientras siga habiendo gente nacida en este mundo.
Uno era el grupo de los simpáticos, el otro el de los antipáticos.
Desde el vamos, en razón de sus diferencias, formaron dos partidos políticos semiantagónicos.
Antagónicos, sí, pero en forma parcial.
Porque los antipáticos eran antagónicos desde su misma inclinación anti.
Pero a los simpáticos no les cerraba eso de andar antagonizando a los del otro bando, por más antipáticos que fueran.
Esto se comprende por el hecho de que los simpáticos eran personas modeladas en el vivir simpáticamente.
Y sucedió que, llevados por su misma natural simpatía, incluso les empezaron a caer simpáticos hasta sus oponentes antipáticos, y guiados por la sana intención de congeniar, de a poco emigraron desde las filas simpáticas y se fueron integrando al partido rival, cosa que a los del Partido Antipático les pareció una actitud sumamente antipática. Y así, con el propósito de revertir la tendencia simpática, uno a uno los antipáticos también fueron abandonando su partido para ir a infiltrarse en las huestes cada vez más despobladas del Partido Simpático, que recuperó número y grandeza gracias al gran caudal de antipáticos que se le sumaron.
Llegó un día en que cada partido estaba conformado en general por la gente del otro bando, y sólo algunos pocos simpáticos y antipáticos permanecían en sus verdaderos partidos, tipo perdidamente, sin enganchar con las nuevas convicciones declamadas, como perdurando en antiguas utopías.
Por cierto, la gran mayoría de los simpáticos estaban contentos por haber transformado al Antipático en un partido más simpático.
En cambio, los antipáticos continuaban tristes, amargados, y a veces eufóricos, aunque fáciles de enojar, como permanentemente airados. Lo que más los contrariaba era haber tenido que promulgar su adhesión a lo simpático, sin tener ni cinco de interés por ello.
En el otro rincón, los simpáticos ya le habían tomado simpatía a los odiosos rituales del Partido Antipático; aunque algunos fueron presentando sus bemoles y al fin se fraccionaron, formando el Partido Antipático y Medio, e intentaban difundir su simpática posición política mediante un periódico que no podían editar por falta de fondos, pero que voceaban en las plazas para que todos se enteraran de su inexistencia.
Como los antipáticos desarrollaban constantemente una gran energía opresora, en poco tiempo pudieron controlar a todo el resto y adueñarse del mundo, enarbolando las banderas del Partido Simpático y proclamando su fe en la simpatía. Y su deporte predilecto era la censura y represión del Partido Antipático, muchos de cuyos simpáticos adeptos, dada la situación, se fueron reintegrando a las filas del Partido Simpático, bajo las órdenes de los poderosos antipáticos. Pero los simpáticos recalcitrantes se quedaron en sus diversos partidos antipáticos, ya multiplicadamente fraccionados y constituyendo unas minorías ilusas.
Se puede anticipar que de aquí en más el futuro político sea imprevisible, quedando sometido su progreso al curso evolutivo de ambas inestables patologías.



LO HARÉ POR FIN         

Muy bien, lo haré por fin.
No querría dejarlos ya más con la intriga, no querría.
Está bien, se lo merecen; o no, no lo sé.
Han llegado al momento de sus vidas en que enterarán por fin qué es esa cosa del zen.
Sí, ya lo han escuchado muchas veces, y algunos han creído entender de qué se trata; otros se han sentido realmente en camino a una cabal comprensión de eso.
Pero luego han desechado todas las esperanzas y han debido confesarse que es algo que no se entiende, si es que hay algo ahí que pueda o deba ser entendido de alguna manera.

Y no se entiende no porque toda la humanidad seamos especialmente un hato de débiles mentales; no, lo que sucede es que el zen ha estado recurrentemente mal explicado. O no tan mal explicado, sino sólo lo necesariamente enrevesado como para que no se entienda, ¿se entiende?

-¡Si tú eres adverso a estas palabras, rebélate: ponte de pie y vete!
-¡Yo soy adverso!
-No hacía falta decirlo, bastaba con que te pararas y te fueras.
-Es que yo soy adverso sólo a algunas de sus palabras.
-¿A algunas? ¿A cuántas?
-A tres.
-¿Tres? ¿Cuáles tres?
-Estas: “…han desechado todas…”. No me gustan
-¿Por…?
-No sé. Me caen un poco indirectamente…ingenuas.

Ya se habrán preguntado, claro, acerca de esas oraciones zen: los koan.
Se habrán preguntado cómo en una gota se puede repetir todo el mar, cuando el mar es en verdad el universo y la gota ni siquiera sería una molécula hecha de átomos, sino sólo la invención de una pregunta.
¿O una respuesta?
Es que ahí está el enclave del que parte toda esta correspondencia.
Zen, lo que se dice zen, es una abstracción, porque no cuenta con definiciones semánticas. O sea, decís zen y se terminaron las palabras.
Y cuando decís koan es porque estás más allá de los límites de la materia. Y por eso la palabra koan resuena desde una dimensión especial, y tiene un sonido tan distinto, si te agrada.

A medianoche recapitulamos nuestro día de epopeyas metropolitanas. Hemos transitado las horas de acera-viaducto-calzada consideradas acordes. Si tuvimos un buen día le habremos adelantado unos minutos a la insensatez incesante.
Estaremos en un espacio remoto, ya lejos de todas las galaxias, las cuales vemos muy a lo lejos, rodeándonos como una enorme media esfera de luz gris tan apagada por la distancia. Ante nosotros hay una puerta que debemos abrir (entre otras cosas porque no hay nada más que hacer). Y al abrirla nos encontramos de frente con nosotros mismos acabando de abrir una puerta, y detrás la misma tiniebla grisácea de las estrellas. Naturalmente estamos frente a un espejo.
Pero es un espejo sin espejo, uno de reflexión innatural; un espejo virtual, una imagen formada sin una razón que actualmente la ciencia pueda descubrir;
pero ya algún día, con lo adelantados que están los conocimientos, seguramente se va a poder saber.
Lo insólito es que al tocar el espejo aparece otra puerta para abrir. Y se la abre, y otra vez el espejo y la puerta y el espejo. Hasta que un día te das cuenta de que lo importante no era la puerta, ni el espejo.
El problema central del zen es la meditación.
Y el problema de meditar es que no se trata de un asunto de palabras, sino de todo lo contrario.
Y esta es la respuesta a un koan.
Ahí está. Te lo dije.


UNA DE AMOR

Amar es hacerle la vida agradable al otro.
Un modo inarmónico de amar es cuando uno intenta amar de una manera que al otro no le va, al menos en parte.
El amor armónico o amor propiamente dicho es cuando ambos intentan agradarse y se agradan mutuamente, y se comprenden cada vez mejor, se entienden cada vez más, se inteligen, hacen de ellos el objetivo del entendimiento de sus almas, o de sus psiquis.
Y como el amor, lo que genera al amor, la fuente energética de ese amor como fuerza psíquica o fuerza del alma, que se realiza entre dos personas, es de la misma cualidad energética que la de toda la creación, al producirse ese nivel más elevado de amor, llamado el Gran Amor, los amantes acceden a niveles de combinación y mutuo encuentro de tal amplitud, extensión y profundidad, que parecerían convertirse en extraterrestres ante sus semejantes, si no fuera porque, para llegar a ese nivel, hay que estar vivenciando también una gran comprensión hacia los demás, producto de ese extraordinario desarrollo de la inteligencia comprensiva, y entonces no nos parecen tan inentendibles.
Y habrá también, claro, un estar alcanzando cierta superlativa comprensión de la realidad absoluta, ya que el Gran Amor proviene, en efecto, de la armonía de la gran fuente creadora del amor propiamente dicho.
Y esto se entenderá de conjunto sólo en un futuro inexplicable.



ALUVIÓN ORIGINARIO

Una esponja de vacío iba absorbiendo todo lo que había de galaxias en el hemisferio sur-oeste–nor-oriental del universo. A su lado, una segunda esponja de vacío absorbía otra porción de estrellas. Las galaxias venían hacia las esponjas, y al tocarlas se desvanecían; desaparecían en la nada de cada esponja.
Una de ellas habló con cierta voz que hubiera hecho palidecer a una tiniebla eterna.
-¡Así que vos no sabés el cuento del arco iris!
La esponja uno bis se le arrimó un poco más a la esponja uno y le susurró:
-No, no lo sé. Contámelo.
El universo era absorbido vertiginosamente hacia la nada, pero todavía faltaba un infinito por absorberse.
-¿Viste lo que es un arco iris?
En ese momento, un montón de galaxias se tiñeron de colores armoniosos, en largas franjas que nacían y terminaban entre dos horizontes espacio-temporales. Un arco iris de miles de millones de años luz de ancho y de varios billones de milenios luz de largo.
Tamaño natural, pensó la esponja uno.
Tan natural que la esponja uno bis ni siquiera se daba cuenta de que el arco iris estaba ahí, inmóvil en una tonalidad transversal al caer de galaxias.
Las galaxias se teñían al pasar por el arco iris, y luego continuaban la caída, recuperando el mismo pálido blancuzco con el que la distancia disuelve sus espléndidos colores de estrellas tropicales.
Y, aunque no haya un solcito que no se piense la joya más excelsa del cosmos, una vez llegados hasta las esponjas todo era un mazacote atiborrado y neblinoso.
-Vos sabés que viene un día Dios, el gran obrero de la construcción, y se cuestiona: ¡A que no sé para qué hice el arco iris? ¡A que no sé!
Y seguía: -Sé o no sé. He ahí la incertidumbre, cuando no la ignorancia, pronuncio- se dijo.
-¿Pero él ya sabía desde antes por qué estaba ahí el arco iris?
-Clarísimo. Estaba ahí para que el humano se avivara. Por eso el humano, y en general las especies animales, contaban con capacidad visual.
-Algunos humanos no- sugirió la segunda esponja, y se atragantó con un bocado de nebulosa gigante.
-Eso es parte de otra historia, en la que las imposibilidades de unos deberían hacer que todos estimaran más el bien, y con ello valoraran más la realidad.
-Y con ello…
Las esponjas sonrieron unas mil sonrisas espiraladas.
- ¡Y con ello saber apreciar mejor su irrealidad!
Las estrellas se juntaban de tal modo que eran una sola masa de esplendor alrededor de las esponjas.
-Pero continuá con lo del arco iris.
Ambas esponjas contemplaban los mares de galaxias que emergían indefinidamente, haciendo olas que salpicaban unas garúas de soles incandescentes.
-Y… lo del arco iris fue algo parecido.
-Un desafío.
-Más vale una enseñanza; decime… ¿qué significado tendría para Dios plantearles un desafío a los humanos?
-No, no. No a los humanos. Pensaba en un desafío de Dios hacia sí mismo. Un sólo eso. Un desafiarse a que el humano lograría entenderlo.
-¡Y mirá que tanta utilería puesta para semejante empeño!
-¡Mirá que tanto teatro!
-¡Y que tanto telón de fondo!
Las estrellas llegaban en marejadas que se desustanciaban apenas al tocar las esponjas, mientras ellas seguían flotando indisímiles en sus propios vacíos. La esponja uno dijo, como no queriendo:
-Lo del arco iris fue por los colores, ¿viste?
-Me imagino.
La uno bis ya no distinguía más que el estallido de los protones viniéndosele encima.
-Además, combinado con el asunto ése de las religiones.
-¿Qué? ¿Qué tienen que ver las religiones?
-Fácil, fácil. Pero hay que aclarar que de antemano Dios consentía la preclaridad de algunos hombres y mujeres que ya habían deducido su inexplicable existencia.
-Aunque la humanidad hubiera pasado antes por creer en montones de dioses.
-Y habiendo partido de adjudicarle una intencionalidad consciente a cada objeto.
-Y una trascendencia metafísica a cada una de las plantas y de los animales.
-Algo así pudo haber sido– enunció la uno, pero la otra no la podía oír bien por el golpetear de un abismo de soles arrumbándose en cataratas a máxima velocidad, y por el extraño silencio que producían al ser diluidos en las esponjas.
-Dios, algo a ellos les reconoció. Pero a pocos.
-Como que a muy pocos.
-Sí. Porque, en general, casi todos repetían vacuamente algunas frases que les inculcaban, y como siempre no sabían ni lo que hacían ni lo que decían.
-Ni lo que pensaban.
-Ni lo que sentían.
Concentraciones inconmensurables de galaxias parecieron que irían a colisionarlas terriblemente, pero se derritieron como todas las anteriores, tragadas por las esponjas.
-Y por tales motivos fue que se tardó tanto tiempo con ese asunto.
-Y se siguió tardando.
-Aún después de que aquellos algunos pocos hubieran descubierto la objetividad unívoca de Dios.
-Y luego de suceder lo usual: que algunos cuantos impusieran a palos partes de su mensaje, distorsionando el contenido para dominar a las poblaciones, y usarlas con el fin de obtener la onerosa satisfacción de sus pecados.
-Y el toque verdaderamente genial: que surgieran varias religiones defendiendo la noción de un dios único, y cada una con un dios distinto.
-¡Superlativo!– suspiraron las esponjas, o más bien aspiraron, succionando millones de aglomeraciones cósmicas que entraron a no ser.
–Un plan verdaderamente…- dijo la bis como masticando algo.
-Y lo tremendo de todo es que los humanos sí deberían darse cuenta de que sólo había un Dios. Y para eso estaba el arco iris.
La esponja bis abrió la boca como si hubiera tenido una boca o algo semejante.
-La multiplicidad de los colores…- murmuró.
-La refusión de las ondas luminosas.
-La incalculable gama del vibrar de los fotones.
-El acto de manifestar lo real en una mirada.
-El estampido de cúmulos de subpartículas viajando a velocidades inmateriales.
-La luz- graznó la esponja uno en un crepitar de cielos que morían.
-¿Y?
-¿Y?
-¿Y qué?
-¿Y qué qué?
-Y que con el arco iris qué pasa?
-Que visto así, rápido, a la pasada, el arco iris te da un puro blanco.
-Puro blanco.
-Sí, un sólo color.
-Un color que es un no color.
-Un sólo color o un sólo no color, como un sólo Dios.
-¡Eso era!
-Exacto, ¿te gustó el cuento?
La uno bis miró a los lados. Por todas partes había un advenimiento de protones y neutrones restallando.
-Me gustó mucho el cuento del arco iris- la esponja bis se habría aproximado más hacia la otra si es que hubiera quedado algo que las distanciara.
Las galaxias se agolpaban tanto contra las esponjas, que se pensaría que éstas brillaban con un resplandor tan absoluto que ningún ser viviente podría haberlas contemplado, pero en verdad estaban asombrosamente oscuras, porque la luz se deshacía hilacha por hilacha al tocarlas. Y además, ellas, en sí, no eran nada. Sólo unas nadas que convocaban a la vorágine de las estrellas.
La esponja uno preguntó:
-¿Y ahora qué hacemos?-
-¿Ahora? Y… empecemos de nuevo.
-¿Empezar de nuevo? ¿Otra vez?
-Y, sí, dale, otra vez.
-Bueno, dale.
Y en la disolución sideral se invocaron y se olvidaron y fueron siendo no dos ni una ni nada más que la instancia ideal entre este final de los tiempos y la subsiguiente eternidad.



VISTA CAMPERA

Desde donde se lo enfocara, el campo presentaba una mañana de ésas.
El sol pintaba con dibujos nítidos la mitad visible de un cielo de tonos perla, que se dilataba abruptamente hacia cualquier ángulo, lo que daba la impresión como que el planeta era plano y mediría una extensión de quinientos mil quilómetros entre sus horizontes.
Un gran disco habitado, lleno de estepas quebradizas y de ciudades olvidadas.
En este hábitat, el lugar era una pradera donde sólo crecían unas acelgas de hojas callosas y menuditas.
Dos vacas departían conciliadoramente.
-Doña Clota, ¿probó estas nuevas pastillas de pasto?
-¿Cuáles, Flavita? ¿Esas de color naranja? No. No las tengo conocidas.
-Venga, Clota, acérquese a este comedero, que acá dejaron unas cuantas.
-¿Son de un gusto diferente? ¿Ya las comió?
-Sí. Y no se imagina lo novedoso que es el gusto éste.
-Que sea así, porque ya estoy hartada del pasto con sabor a concentrado de margarita y alfalfa.
-Pruebe, pruebe y va a ver.
Fue en verdad una diferencia. Aquellas pastillas eran de gusto a cascarilla prototrónica, que se obtiene rascando el fondo de los depósitos radiactivos y que a falta de otra cosa se la utiliza durante el invierno para calefaccionar los ambientes, por ser barata, aunque no es recomendable sino para habitaciones con buenos absorbentes de radiación, porque polucionan mucho.
Clota mascó ese gusto desconocido. La nueva pastilla de pasto era de un color también anormal: un anaranjado subido, ¿sería pasto aquello? En realidad, parecía un amasijo de trapo viejo, de tela de algodón, de lino, yute, o de cualquiera de esas fibras, de últimas comestibles.
Después, enseguida, se dio cuenta de que sí, de que era pasto-pasto; pero pasto deshidratado, de hojas aplastadas y aplanadas, hechas hojaldre de pasto seco color naranja, con ese sabor a piedra tibia que parecía más bien un gusto como a nada; pero, al fin y al cabo, un gusto.
-¡Qué porquería!- exclamó la vaca Clota, digiriendo el bocado a lo largo de sus cuatro estómagos. Y tras varias rumiadas, ya para la hora en que se hacía de noche, la Clota pareció ir tiñéndose de un anaranjado fosforescente.
Entendió que ella había sido la única en comer aquello, porque era la única vaca que fosforescía anaranjada.
Flavita la visitó esa noche, medio alarmada por el resplandecer de la otra.
-Discúlpeme, Clota- le dijo. –No tuve más remedio que hacer que usted probara esas pastillas nuevas, para ver si eran confiables y si se podían consumir. Sólo que ahora usted está que fosforesce.
De a momentos, Clota aumentaba su fulgor. Las otras vacas, mirando de lejos, se atemorizaban cada vez que Clota se movía, como si su luminosidad amenazara la noche. Entre destellos, le susurró a Flavita:
-¿Por qué a mí?
Tal vez no debió haberlo preguntado. Flavita apenas condescendió en aceptarle esa pregunta tan desubicada. Le contestó exclamando:
-¡Y qué querés, che, Clota!
-¿Cómo qué quiero?
-Sí. Sí. ¿Qué querés? ¿Querés algo? ¿Ahora qué te pasa?
-¿Cómo qué me pasa?
-Sí, ¿qué te pasa?
-¿Qué me va a pasar? ¡Esto me pasa!
-¿Cuál esto te pasa?
-¡Esto!- gritó Clota. -¡Esto me pasa!
Y no supo cómo mostrar mejor lo evidente de que su pelambre refulgía en naranja. Soltó un mugidito atascado.
-¿Por qué a mí?- preguntó otra vez.
Flavita comenzó a irse. Se volvió apenas para decirle:
-Porque preguntás demasiado, Clota.
Las demás vacas regresaron a sus dormideros, olvidando lo sucedido.
Los días posteriores, la Clota se anduvo en ranchear humildemente por galpones que hubieron sido destinados a funciones remotas a lo largo de los siglos, y que ahora no representaban más que unas ruinas austeras.  
Anduvo recorriendo el alambrado, y se dio cuenta de que los alambres no eran un límite, porque continuaban rectamente sin terminar nunca de abarcar el campo. Clota no podía pasar al otro lado de los alambres, pero este lado en el que estaba parecía ser ya lo suficientemente infinito como para despreocuparla del resto inalcanzable. El alambrado le era algo familiar, quizás lo único en el mundo que había aprendido a considerar como propio, unas líneas de orientación a través del desolado desierto pampeano. Ahora casi nada crecía en esos eriales, donde una extraña arenisca azulada iba reemplazando a la tierra.
Supo alimentarse de los cardos sueltos que resistían a la intemperie y a la sequedad del suelo. Debajo de la corteza agonizante, el alma subterránea de la pampa decía que aún estaba ahí, a través de esos carditos que crecían.
El agua de los charcos tenía que ser de lluvias muy recientes para todavía poder tomarse; y debía perseguir constantemente las nubes, que se agrupaban siempre a un costado del cielo.
Un mediodía, encontró la osamenta de la ciudad. La contempló por horas. Después se animó a perderse en el páramo de unas calles asoladas.
Se detenía a intuir en las esquinas sin señales, siguiendo el curso de los antiguos camiones de ganado.
Clota siguió el camino al altar del cadalso que por siglos habían recorrido millones de vacas de otras épocas; manteniéndose apenas a flote en un aire que parecía definitivamente exánime. Cuando encontró el templo de los sacrificios, la ciudad no era más que un pedregullo metálico.
Sintió su cuerpo adormecido, sin los dolores comunes de la descomposición del mundo.
Tardó luego un rato en salir, huyendo a tientas por el encandilamiento. En la claridad del crepúsculo, la ciudad se había vuelto transparente, y tan tenue que a cada paso el universo parecía venir a derrumbarse sobre ella con una deflagración de nubes anaranjadas.
De noche regresó a la llanura. Su fosforescencia anaranjada iluminaba algunos metros a su alrededor, como una tiniebla cálida.
Una vez más Clota se alejó, boyando sinuosidades de su color imperfecto, a la deriva en la inmensidad de su ausencia.


ULTRAPALABRA

Nos distraíamos pensando en que el mundo era un lugar extraño, más de lo que suponíamos. Las palabras sólo servían para sobrevivir en el mundo, pero no servían de nada para poder entenderlo.
Eso era cuestión de la ultrapalabra. La palabra impálabre en la plena condición de impalabridad de la palabra.
La palabra no palabra. La a-palabra.
Ahí estaba el asunto. Y lo complicado era que las palabras no sólo eran inoperantes para comprender el mundo, el tiempo, el universo o la creación, sino que molestaban bastante al intentar practicar esa comprensión por otros medios. Porque, entre las palabras, más las palabras, y más palabras, y más y más palabras, todo intento se confundía y entonces había que hacer algo, pero… qué?
-Pero… ¿qué?- se formulaba la pregunta vacua.
La respuesta sería la ultrapalabra.
El sonido ínsito ahí donde todo lo sonado anteriormente genera un eco en el silencio más exhaustivo. El vocablo que grita sin sonido la descripción perfecta de toda la realidad, más algunos consejos muy prudentes.
Todo en ese instante de ecos insonoros, en esa a-palabridad de las circunstancias, en el momento estelar de un universo plano de sólo dos dimensiones, como es el papel o la pantalla en que se leen las palabras, o como lo es el pensamiento normal palabrizado, en el cual de pronto las ideas se nos disuelven en un estado psíquico de meras percepciones sensoriales, visuales, auditivas, táctiles y demás, y sin que exista ni la menor contaminación de una palabra.
Y en medio de esas simples sensaciones hay algo que se entiende sin ser pronunciado, una orientación, un saber hacia dónde, o un qué, o cómo.
Queda sólo un camino de acción física. Y lo señala el silencio de la ultrapalabra.
Que parece una palabra, pero que no lo es.
Parece una palabra porque conlleva la exactitud de una definición científica.
Pero además de eso, no ha de tener por qué coincidir exactamente con las convenciones personales. Sino que sucede algo así como el trance en que el ser se une a la revelación de encontrarse engarzado en la construcción de la historia completa del universo.
Y entonces el sujeto ya no importa, y podría convertirse en cualquier cosa sólo por ser parte de esa historia en la que el infinito se explica a sí mismo.
Y para lo cual es necesario que cada uno se encuentre en su instante de apalabridad, en esos silenciosos ecos de la vida con los que la existencia se habla.
La ultrapalabra inarticulable, que todo lo menciona, lo advierte y lo analiza, en una claridad absoluta que suele durar sólo unas millonésimas de segundo, como las esquirlas de un elemento desconocido.


DIFUNDIENDO INFORMACIÓN

Hay una sola manera de vivir como verdaderos seres humanos, y es la de que a la hora de morir nos convirtamos en energías de Dios o como quieran llamarlo. Para lo cual debemos contar con virtudes de bondad, solidaridad y amistad, y necesariamente la inteligencia para organizar una civilización sobre la base de esos valores.
Fue por eso que cierta vez un individuo de la ya extinta nación argentina decidió difundir aunque a la vez disimular esta trascendental información por medio de una narración imaginaria donde un personaje se dedicaba a difundir esa tan trascendental información disimulada a su vez en una narración imaginaria, señalando el estado de sojuzgamiento en que viven las grandes mayorías controladas culturalmente por medio de la inhibición de su inteligencia creativa, miserablemente resumidos en ser simples espectadores pasivos de la manipulación cultural dispuesta por unas minorías de dominadores.
Para las grandes mayorías así manipuladas, esto venía a ser lo natural; ni siquiera lo que debía ser, sino lo que simplemente era.
-Son así las cosas- se argumentaban, en la odisea de su indolencia espiritual.



SUCESO NORMAL

Estoy en un pabellón de locos. Soy alguien sensato y sin embargo aquí estoy. El hecho grave, claro está, es que los locos son muchísimos. Son manadas y manadas de locos que día a día se sumergen en sus diversas actividades, procurando resolver sus contrariedades, atendiendo a las circunstancias de los conocidos, esforzándose por edificar un hogar decente y constituir una familia feliz; y también tratando de estar al tanto de las novedades, de los sucesos políticos, y participando en algunos aspectos de la cultura. Y así entre todos concertando una gran interrelación comunitaria para organizar las distintas tareas complementarias que interesen al conjunto.
Claro que hasta acá todo bien. El problema es que la principal ocupación de los locos es la fabricación de problemas.
¡Y de cuáles problemas! Hay problemas de todo tipo. Pero lo principalmente alevoso son los problemas mayúsculos que han logrado conquistarse: unas dificultades insuperables en las que les van en juego todos sus bienestares, sus seguridades y sus perspectivas existenciales.
Y no es que estos dilemas puedan resolverse a la brevedad y en forma gratuita.
Más exactamente a la inversa. Harían falta kilolitros de procesos informáticos para lograr desentreverar de una en una las diferentes distorsiones de todo tipo en las que se les ha enraizado cada complicación. Además de que aquello iría a demorarles un buen tiempo.
La única alternativa a este estado de locura generalizado sería que se extinguiera casi toda la especie, lo cual pasaría por un espectáculo apoteósico, porque los pabellones están superpoblados y hay un gran entrecruzamiento femenino y masculino acentuando la superpoblación.
Y junto a esto importa la cuestión de lograr distinguir a los que real e increíblemente no están del todo locos, por lo menos de momento.
De los locos habría que notar que presentan prácticamente de nacimiento un marcado conflicto existencial. Cierto trastorno que podría caracterizarse, siendo un poco elásticos, como un hondo complejo de inferioridad.
En la mayoría de las ocasiones asume la modalidad de un apocamiento, de una inhibición, de un disimulo, de una autorrepresión, de un desánimo y de una desconfianza en las propias posibilidades.
Pero para cuando el azar social ubica a un individuo en una posición dominante ante otros, la manifestación del complejo toma formas completamente opuestas, como reacción compensatoria a lo íntimo de ese sentimiento inferiorizado.
En estos casos los locos se dan al alardear pedante y al hábito de pretender imponer la estampa de su prestigio, y profesan un menosprecio visceral hacia los que se resisten al ejercicio compulsivo de su dominación demencial; aunque, por lo común, terminan frustrados en proporcionarse la satisfacción extraordinaria que su astucia les hace creer que habrán de lograr si es que persisten.
Y por todas partes abundan de a docenas los gentíos de los locos con sus caras de locos y con sus poses de locos, fantaseando sus típicas locuras de locos crónicos.

Como en un mundo perfectamente imperfecto, deberíamos subdividirlos en otros tres tipos de locos, según suelen darse.
Primero, unos muy locos, los desbordados, que nunca se sabe cómo van a reaccionar.
Luego, los fijados, los que no pueden salirse de su estado de obsesión en algo.
Y más en general los correctamente sistematizados, que son la clase  de locos a los que se los puede adiestrar y utilizar con éxito; siendo además que es en la utilización a la que se los somete donde subyace el motivo de su masivo enloquecimiento.
Sin duda, en cada loco se muestran patentes las dificultades que encuentra el desarrollo de una persona.
Es desde esas circunstancias adversas que provienen tanto el complejo de inferioridad como el resto de las consecuencias que menoscaban lo que debió haber sido una personalidad armónicamente formada y que termina siendo la personalidad de un loco.

Y eso que hay días en los que los locos saltan, gritan y se felicitan inopinadamente por cualquier causa loca.
Y después de millones de siglos y unos segundos más tarde, hoy en la ciudad renace un loco interlunático, que en su abstraída inmovilidad parece estar vociferando una afrenta.
Es el trastorno típico inscripto en el modelo básico que agrupa a la mayor parte de los acomplejados.
El interlunático tipo se interna cada lunes a remar la semana.
Su trabajo, como el de tantos, es el de participar en el funcionamiento de las máquinas de producción de la energía, lo cual puede significar hacer girar a grandes brazadas los manubrios que abren y cierran a los vientos las compuertas de la ciudad, de acuerdo con las estimaciones de las computadoras, que indican cuáles compuertas hay que accionar urgentemente, o no, para aprovechar mejor el refilón de los chifletes, evitando que el aire vaya a embolsarse en los cañadones transurbanos y rebase las rampas de las autopistas, golpeando preocupantemente contra los balcones más altos, lanzándose de modo inevitable hacia los huertos y las granjas de las afueras y dañando los cultivos con su gravedad de aludes de un montón de atmósferas, hasta hacerse suicidar del pánico a las aves de corral que se crían como comestible para estos jauleríos del loquero.


ACECHAR FULLERO

-¿La vida? La vida es un hecho de lo más sorprendente.
Fue lo que el silenciado habló, vaso de cristal en la mano, con un líquido transparente que bebía de a sorbos.
El cartero desplegó los cartas preguntando: -¿Por qué lo dice?-.
El silenciado observó. En esas cartas se estaría jugando su destino, supuso. Después de un trago comentó que no había un por qué, o que si lo había era un por qué endeble. Y también insinuó que él no tenía ni la menor idea de qué podía significar aquel concepto de un por qué.
Después dijo: -Lo que hay sí es un para qué.
¡Para qué lo habrá dicho! Pareció que todo el edificio se le reía. Se le reían las paredes, las mesas, los armarios, las sillas, los sillones, los azulejos, los zócalos, el techo, las lámparas, las ventanas. Y los animales y los humanos. Todos riendo. Riendo el agua y el aire, y las bolsas de basura del consorcio, amontonadas, riendo unas contra otras. El cartero se reía. -¿Para qué?-.
-¿Para qué seguir?- pensó el silenciado, olvidado ya de qué, debido al retumbar de las carcajadas que se escuchaban desde los otros pisos. Risas enormes, como exhaustas de tanta risa; risas sin aliento, casi.
El viento electrónico que hacía girar la atmósfera de la casa traía una longevidad de usanzas de ciudad que se erizaban en túmulos de cemento, de vidrio, arcilla y hierro.
Se comentaba que la ciudad iba extendiéndose hasta veinte horizontes más allá.
Se podía andar un día o dos sin encontrar su límite, que no era sólo un límite, sino que la ciudad iba terminando de a veces, y recién cuando ya no quedaba nada de ella se estaba por fin del otro lado, uno indefenso ante la muralla ciclópea de la realidad que de pronto lo rodeaba.
Por fuera de la ciudad se hubieran extendido los prados y las arboledas, y los sembradíos y los millares de reses mansas engordando con la hierba eterna que crecería en esas tierras.
Todos sabían que en alguna época podría haber sido así. Pero, ahora, la subsistencia de una pradera idílica como la de antaño era solamente un mito.
Se hablaba de que lo único que rodeaba a la ciudad era un pedregal infinito, un desierto de llanura reseca; el suelo de un planeta hecho de baldosones plastificados; una tierra cortajeada y oscura, moteada de charcas de agua estancada donde apenas crecían hierbajos, y como habiendo una extraña ausencia de cualquier otro signo de vida.
En ciertos lugares se exhalaban vapores tóxicos, que eran el escape de los venenos acumulados, combinados subterráneamente para formar unos gases por lo general letales. “¿Para qué?”, meditaba el silenciado.
-¿Para qué dice usted eso de la vida?- le murmuró el cartero.
-Que la vida es de lo más sorprendente- insistía el silenciado.
-¿Para qué lo dice?- lo arrinconó el cartero dialécticamente.
 El silenciado se vio en el compromiso dialéctico de tener que responderle.
-Lo digo nada más que para calificar de alguna manera a la vida. O sea, lo de siempre- el silenciado tiró una mirada a las cartas y después otra al cartero, para ver si lo había entendido.
Y sí, el cartero lo entendía riéndose a los gritos; una, porque no creyó que las frases irían a ayudarlo de mucho al otro, y además porque supo que nuevamente el silenciado apenas juntaría unas pocas monedas.
Desde un parlantito sostenido en el último botón de la camisa del cartero, una voz grabada emitía las fórmulas que él ya no se molestaba en repetirle a la gente: -Con eso no le alcanza para los impuestos-
El silenciado conoció que esta vuelta vendría en serio, dado que, en rigor, se trataba de una deuda de varios gravámenes encadenados entre sí, bajo las denominaciones de: “impuesto al paisaje”, “impuesto a los sueños”, “impuesto a la memoria”, “impuesto a la mecánica gravitatoria de los astros”, y una gran tanda que le venían imponiendo. El cartero bajó su última carta. Era simplemente la del impuesto al haber nacido, la carta más baja, pero ni aún así el silenciado tendría con qué contestarle. El otro extendió ante él una hoja de diez mil palabras en miniatura, con una cruz abajo.
-Firme ahí- oyó la orden seca que pronunció el parlantito, continuando con:
-Subraye alguna de las tres opciones-
Pero se veía que la hoja había sido cortada porque las opciones no figuraban.
El silenciado expelió una sonrisa amplia de incomprensión. -¡No!- pensó. -¡A mí esta vez no me toca!- casi dijo al final de un silencio. –Estoy…- estuvo por pensar: “libre”.
Pero entonces el cartero abrió su mano para mostrar otra carta más, que traía oculta en la manga. Era el pliego con las opciones.
La primera opción le sentenciaba: “-Aterrado -”.
La segunda le disponía: “-Desterrado-”.
Y la tercera simplemente consignaba: “Enterrado-”. Las cuales el silenciado leyó entre balbuceos ocasionados por un repentino temblor de su pensamiento.
Pero no firmó.
El cartero, al irse, lo catalogó como a un ser sin dimensiones.
El silenciado de pronto desconoció cuál era esa habitación a su alrededor, aunque se trataba su lugar de cada día, salvo que ahora lo colmaba un aullido de extraña veracidad que emanaba desde las cosas.



¿QUÉ ESTÁS BUSCANDO?

¿Qué estarás buscando por acá, mientras atendés a estas palabras?
Palabras que al tiempo ya nos entornan como a seres ingrávidos en el desierto de los caminos circulares; atribulados por las grietas ocasionales que evidencian nuestras búsquedas enigmáticas.
¿Y qué más da? Total, ¡ya te habrás debatido delante de tanta frase!
¿Cuáles nuevas suertes podrás estar esperando descubrir entre otro amontonamiento de oraciones?
Y bien, justamente de esto quería hablarte.
Hoy vengo dispuesto a ofrecerte algo diferente, un poco distinto de una rutinaria y simple colección de vocablos.
Así que date ya la voluntad de actuar como un enconado demandante, con toda la libertad que anheles imponerte. Y resolvé en sonidos cuantas exclamaciones tengas germinando en tu pensamiento.
Hablá. Hablá, nomás, que de todos modos no estaré aquí para escucharte.
Así soy yo. Así es mi forma, mi ser, mi actualidad, mi día a día. Tan así soy.
Como te darás cuenta, contengo las obvias vicisitudes con que nos aleccionaron en las aulas de la sapiencia. Y tengo, y tenemos vos y yo, un hastío de rozarnos contra el mundo, y nos volvemos seres tensos y a veces azarosos.

No sé qué trato de instigar en vos con todo esto.
Más bien querría avanzar en un sugestivo comentario confrontado a nuestro hecho llamativo de costumbre, cual es la notoria ambigüedad de algunos términos: en este caso, el concepto de lo “azaroso”.
Tal cabe la incertidumbre en cuanto a la definición exacta de su significado, aunque no sea tampoco la palabra precisa que intentaba ofrecerte como posibilidad hacia la que pudiera estarse orientando tu búsqueda.
No. Porque, sin duda, te habría de parecer una proposición en falso.
Presiento que ninguna de las acepciones y de los supuestos de lo azaroso se relacionan con ese sentimiento muy especial que tu sensibilidad augura estar por develarse en vos en algún momento, y que se te distancia como un aroma apenas percibido que se desvanece por completo, y sin embargo se nos hace como que todavía ha quedado aleteando en unas limaduras de átomos a nuestro alrededor, por alguna parte; mientras se presagia, tan tarde, que aquello sería por fin algo que verdaderamente tal vez fuera.
Hemos reanudado los atajos hacia una sucesión de inconsecuencias, y voy difiriendo el alertarte sobre la improbabilidad de que estas tenues indicaciones cumplan los requisitos de tus esperanzas eventuales, volviendo inevitable que, de últimas, te avengas a lo predecible, a la sosegada y comprensible ingratitud de la búsqueda por la búsqueda misma, que es en donde toda búsqueda se perpetúa hacia el preciso confín de su recorrido.
Y se busca, muy lejos de hallarse, y ni sabiendo qué es buscarse.
En ello contemplo la primera propuesta sumariamente neta que te ofrezco, y desde ya advertimos que no será el bálsamo que apacigüe tus ansiedades.
Pero a la vez celebramos en el acto el inicio persistente de nuestra  reintegración al universo, exactamente con la aparición de estos silenciosos puntos suspensivos…
Pero no, no fue con ésos. Podría haber sido, pero no. No fue. Quizás ahora. Preparate… Pero no, tampoco.
¡Qué le vas a hacer! Tal vez hoy no sea el día.
¿Qué estarás esperando?
Hace rato que me proponía preguntarte esto, pero la pregunta no salía; la suponía ahí, intentado acordarme qué te iba a preguntar, y salió ahora: ¿qué estarás esperando para hacer algo?
O, sino, ¿qué estarás esperando para llegar hasta vos? ¿Cuál palabra? ¿Cuál relumbre que te despierte de tu trauma cósmico y te devuelva al misterio de las tardanzas paralógicas que te acompañan desde los estrenos del Big Bang?
¿Te acordás del Big Bang? ¿Te acordás hermano, qué tiempos aquellos! ¡Ni un abrilito tendríamos! Si ahí recién empezaba todo! ¡Qué íbamos a tener! Nada. Ni un abril ni ningún otro mes, ni una semana, ni un día, ni nada. Pero entonces fuimos.
Aunque en cierta manera ya veníamos siendo desde lo anterior al Big Bang mismo, desde la Nada creadora.
No sé si se me entiende.
No. Sí. Ya sé. Estarás pensando que no. Que no se me entiende.
Pero fijate. Controlate idóneo. ¿Qué es la Nada para crear algo? ¿Eh?
Iba a decirte “qué es la nada ésa”, pero sonaba muy fuerte, muy como peyorativo hacia la nada, no?
Sobre todo teniendo en cuenta que la nada ésa, sí, que esa nada… esa Nada… esa Nada es Dios.
Oh, Dios, exclamamos, tratando de llamar la atención de Dios acerca de lo sublime de Su existencia.
De lo inabarcable de Su ser.
De la descompaginación que en la mente provocan las palabras eternidad e infinito.
Oh, Dios, ¿cómo es posible que Tú seas Tú?.
En verdad no sé si tutearte.
Es más. Si te tuteo no me alcanza con tratarte de Tú, como a cualquiera, y te digo Tú Tú.
Así, te adjudico una personalidad duplicada por sí misma.
Tú Tú. Como el sonido de alarma que emiten los vehículos cuando cruzan de a miles por las esquinas más fluidas.
Ese sonido que los niñitos aprenden a identificar con los automóviles, obras cumbres de la producción civilizatoria, en cuanto ya hay niñitos opinando que los vehículos sólo viven para mandarse a toda velocidad y hacer tú-tú en las esquinas.
Claro, para vos, que no parecés captar el relativamente próximo advenimiento de la maroma, te parece que la vida es esto, y no te permitís pensar en otras formas de asistir, ni alcanzás a notar las particularidades un tanto terribles de la actualidad que nos acontece.
Juzgás que la vida es lo que debe ser, y que mejor que nada es, y que vivirla para vivirla.
Pero yo no. Yo hoy creo que la vida debería ser mejor, bastante mejor; que tendría que ser agradable para todos y que deberíamos dedicar nuestros
mejores esfuerzos a la disminución del sufrimiento de los prójimos y al sano fortalecimiento de nuestras conciencias.
Tarea que nos depararía la concreción de una flor de grandes virtudes, por ser ése el máximo homenaje a la condición humana, y por lo tanto a Dios, su atento creador.
Y trabajando con ahínco para presentar al gran padre del universo nuestra más auténticamente humana responsabilidad social y personal.
Mientras tanto, suponés que el bienestar pasa por adquirirte esos juguetes, que han de ser de muy moderna generación, pero que no alcanzan a resarcirte de las instituciones hostiles que perjudicaron nuestras infancias.



OZONO

La capa de ozono, ésa capa que brillaba en las madrugadas de los días claros, ya no está sobre nosotros. No, ya no. Ocho quilómetros de tul insustancial que nos cubría fueron devorados por los bacilos comeozonos, aerosolados desde los volcanes lanzaperfumes, luego que los técnicos agujerearan muchas montañas y en su interior colocaron vaporizadores y lagunas perfumadas, que al ser erupcionadas hicieron que las naciones olieran con un aroma encantador.
A la vez, por un orden en la cadena alimenticia del cosmos totalizado, las sabandijas moleculares que crecen atrapadas en la burbuja de ingravidez conformada a medio camino entre la tierra y la luna llegaron atraídas por el olor rancio que los comeozonos normalmente largan hacia el espacio.
Y así las sabandijas fueron a precipitarse a Tierra, y en el camino se encontraron con los bacilos ya muy bien nutridos por el banquete que se daban con la capa de ozono. Y a cada bocado de bacilos, las sabandijas masticaban además varias moléculas de gases raros, triplicando así el daño ocasionado por los comeozonos en la atmósfera.
Sin los gases raros, varias combinaciones electroquímicas usuales en las tormentas no habrían de producirse, fallarían las auroras boreales, haría un calor espantoso y chisporrotearían los mares.
En la medida en que el aire se hace más vaporoso, la presión disminuye en todas partes. La gente se queja por la baja presión; se sienten harto incómodos o cansados, y encima el cielo se volvió algo marrón y chirle, y para colmo soplan brisas cuadriculadas que arrastran los perfumes hacia cualquier parte, y de resultas ahora los países ya están oliendo peor que antes.



NOVEDADES EN PALABRAS

Las palabras resultan extrañas. O más bien las imágenes que mencionan las palabras. Todos son objetos demasiado ciertos y demasiado coherentes entre sí.
Lugares construidos con distintos materiales y formas y movimientos, aunque ya previsibles mientras se van descubriendo y se mencionan.
Es lo usual, lo ya experimentado y que no necesita explicarse, porque ya se le conocen las explicaciones, aunque la verdad no sea tan fácil y en todo haya mucho de enigmático.
Es decir, las palabras, las imágenes de las cosas, resultan absurdas si repiten una realidad que ya existe, porque esa invocación simbólica parece una copia de lo real, tan fútil y lábil que no se justifica.
Tal vez la existencia de esa invocación podría quizás entenderse aceptablemente; sin embargo, su inexplicabilidad es mucho más de lo que tiene de explicable toda este realidad en su conjunto. Sí, mucho, pero mucho más inexplicable que toda la realidad.
En cambio, las palabras que delinean realidades nuevas y alteraciones súbitas de lo creíble, en una constancia de cambios inesperados, son palabras que no intentan torpemente hablar de ninguna realidad, sino que tan sólo la utilizan para conjurar otra nueva.
Las palabras que hablan de la realidad usual son motivadas por el temor o por la tristeza o por la contienda, aunque hay que reconocer que a veces también nos acercan a algunas comprensiones.
Pero las palabras que arman una realidad recreada nos impulsan a la verdadera aventura de ser humanos: a la libertad de la imaginación.



ESCALERAS AL CIELO

Para subir al cielo hay que salir de un pozo, para lo cual se hacen necesarias una escalera grande y otra chiquita, de mano, para llevar a cuestas mientras ascendemos por la escalera grande, por las dudas de que con esa sola no alcancemos el cielo. Es importante llevar una escalera chiquita y no una grande más, por el simple motivo de que sería muy difícil subir cargando otra grande. Pero, claro, por lo menos de base sí hace falta una escalera grande, porque con escaleras chiquitas nadie pudo nunca trepar desde este pozo en el que nos encontramos, hasta dar alcance al cielo.



EL TIEMPO

El tiempo nos ha borrado como si no importáramos. El tiempo, lo nuevo, lo renovado, lo innovador y lo imprevisto.
Toda esta reactualización de las cosas y de los seres (menos de la energía, que no se renueva y es siempre la misma, aunque cambie, se altere, se modifique y parezca infinidad de cosas diferentes), toda esta reactualización está destinada a borrarnos del mapa de un cosmos ya de por sí bastante imperceptible en muchos de sus detalles, y que desplegado completamente ocuparía un espacio que es el doble del tamaño del universo mismo, así es que el mapa del universo se extiende por una superficie de más de un universo, hacia los correspondientes laterales intercósmicos de la nada circundante, que es hacia donde el tiempo nos remite implacablemente.
Los grandes héroes y damas de la vida de todas las épocas se han consumido en un lento olvido de lo que fueran, de sus actos, de sus dichos, de sus decisiones, de sus justificaciones y de sus creencias.
Aquellos recuerdos compartidos entre quienes han estado ya no es conocido por nadie.
El tiempo los disgregó, los disolvió. Los hizo un no haber existido nunca.

Hoy la ciudad llueve sobre los edificios que se derrumban.
Cada cual intentando llegar a tiempo antes de que el tiempo del tiempo finalmente los detenga.
Hay una presunción inusual, que se presenta como un relámpago negro en el cielo diáfano del día.
Miramos hacia la niebla de la muchedumbre para saber cuál será el recambio después del último futuro de nuestra vida. Pero no habrá nadie para reemplazarnos.
No queda más que escuchar el veredicto de los acontecimientos.
El tiempo es como una luz mucho más tenue que la luz, que pasa envejeciendo las cosas, o haciéndolas crecer, o no morir, o sí, o no, nacer o renacer.
El tiempo nos transcurre, y nosotros preguntándonos qué era esto, mientras todo se reitera continuamente, pero ya sólo en la escala de un instante que contiene todo el tiempo, y luego todo el tiempo otra vez compactado en un solo instante del instante, y después en otro instante aun más breve, y luego en otro.
Es que el tiempo se diluye en un eco de universos que se van empequeñeciendo.



ANTE UNO

“El milagro de la vida” es una expresión que se usa para evocar el asombro del nacimiento. En esa locución se fragmenta el todo, singularizando su potencia en sólo uno de los tanto variados sucesos de la vida.
Pero “el milagro de la vida” es siempre, a cada instante; desde el estar ahí o aquí del infinito, hasta ese infinito menor contenido en un átomo.
Reducir la evocación del asombro ante el milagro de la vida es restarle grandiosidad al presente, disminuir la realidad hasta otorgarle una consideración muy inferior a la de un milagro.
Porque así, el presente de siempre pierde su imagen de maravilla, y el segundo a segundo ya no merece asombro y la vida rutinaria sólo es un truco aburrido.
De este modo, se sostiene que el asombro debe brindarse nada más que ante un nuevo nacimiento: la continuidad biológica, cultural y psicosocial a través de un nuevo ser; el asombro por otro integrante de la sociedad.
Pero no el asombro por la totalidad de uno. No se piensa el milagro de la vida desde uno, desde el único que puede darse un testimonio perceptible consciente.
Desde uno. Para uno. Por uno.
Y, ante todo, ante uno.



HABLARES

La misma palabra te lo dice, de mujer viene la palabra mugir, o viceversa. La mujer muge. El sentido de ser mujer es mugir. En cambio, el hombre brama. Da un bramido poderoso que lo circunda. Al bramar, el hombre crea su espacio, abre un lugar, expande su poder sobre todo lo que sea menos sólido que las montañas. Al bramido del hombre lo acompaña el suave mugido de la mujer, que también crea su espacio, pero es un espacio mucho menor, aunque tiene la calidad de orientarlo al hombre hacia donde ella con sus mugiditos ha comenzado a hacerse paso. Así el hombre va a ir a parar para el lado donde ella quería. Es que ésa es la característica de delicadeza que requiere sintonizar la dirección orientadora, y por eso es que el hombre en su vasto bramido, en ese rugir irreflexivo, expansionista, abarcativo y generalizado, suele no contar con la habilidad de distinguir los detalles de las tramas y se obliga al camino de la mujer para poder avanzar en algún sentido.
Pero también hay un hombre que se empecina en que de su rugir salga una capacidad de orientación, en base a la experiencia. Después de andar año tras año de fracaso en fracaso, espera que en base de esos aprendizajes forzados su potencia bramadora pueda entrever también el mundo de los detalles. Claro que para alcanzar esa condición se debe abandonar el portentoso bramido típicamente localista que se impone en un círculo cerrado, pero que es sólo un caballo de noria, por lo común girando al ritmo de un tíovivo.
Para huir de su propio laberinto hecho de un solo sonido, el hombre debe adoptar un rugir menos voraz y con algo más de contenido.



GEOMETRÍA ESPIRITUAL

Una noche hubo un efecto de solarización. Todo quedó en tinieblas. Y de pronto se iluminaron los contornos de las cosas, como si se estuviera viendo el armazón energético que sostuviera la arquitectura de la realidad.
Ambos se quedaron mirando como si el mundo comenzara a desintegrárseles fehacientemente delante de sus narices, gránulo a gránulo.
Ella era la intempestividad más ciclónea en cuanto a una imagen visual de la hermosura. Contaba en forma definida con todos los megapíxeles imaginables de la belleza. Era todo lo hermosa de todas las de ahora y de las de todos los tiempos; de todas las mujeres que había habido desde que una se descubrió en un charco inmóvil de la pradera, con un sol en cuarto menguante contorneándola frente al espejo calmo del agua. Y de todas las que luego de ella se miraron y se vieron. Y de todas las mujeres que habrían de ser, hasta la última, hasta la de ahora, la de esta situación, la que se miraba en el reflejo de una mirada de hombre solarizado, solarizada ella también sobre las córneas curvas y oscuras de los ojos de él, donde se contemplaba en silencio.
Y, por la solarización del momento, esos espejos color negro amarronado, esas pupilas color de las sombras ocultas de un edificio, quedaron de un sólo rayo láser de ancho; y en el diafragma de los ojos, el músculo del iris no superaba unos pocos milimicrones de espesor, así que la luz de afuera ingresó en la mirada de él desde todas partes, como una lente de membrana tan purificada que captó inolvidablemente la luz en cada rasgo de ella, envuelta por las formas solarizadas de una mitad del universo.



LA LETRA DEL SILENCIO

El Dios de la Vida se había hecho Presente.
Como si alguna vez no hubiera estado.
Como un puro presente perfecto.
-He- se decía, expresándose caudalosamente.
-Demasiadas letras- pensó.
Pronunció sólo: -H.
Diseñaba entre las rayas de los electrones un idioma que tuviera una letra que no se pronunciara, para que la verdad pudiera ser pensada en silencio.
Sería un idioma privilegiado entre los miles de idiomas. El idioma elegido.
Y de ahí un pueblo elegido.
Como una señal a largo plazo, la letra H fluiría de generación en generación hasta que un día, gracias al no sonido de la letra, las conciencias de la gente de esa lengua comenzarían con lentitud a despertar a la conciencia de ese silencio de Dios.
Del Dios silencioso, que está, pero que duda en revelarse.
Ya aparecen rincones por todas partes y Dios puede estarnos asistiendo desde alguno, o desde varios al mismo tiempo.
Sobre todo porque Dios cuenta con la capacidad de detener el tiempo siempre que le parece, y así la eternidad se le va haciendo larga con tantas interrupciones.



INTERCONECTADOS

Ustedes están muy interconectados entre ustedes. Pero no están para nada extraconectados.
Hay que extraconectarse; es decir, ir más allá de la conexión.
Se trata de un más allá que no es el más allá al cual ustedes aprendieron a temer en esos relatos dirigidos a mantener a la población atemorizada con fantasías terribles sobre lo desconocido. No.
Es el más allá de lo más allá. Lo más allá de allá. Lo más allá de todo.
A eso es a lo que hay que conectarse.
Con ese más allá de todo es que hay que estar extraconectados.
Y que eso sea lo que nos una.
¿Por qué la gente se agrupa? Casi siempre porque tal conoció a tal azarosamente, en el trabajo, en el colegio, porque es su pariente o simplemente porque se cruza con uno, pero no agrupándose por la afinidad a un modo de extraconectarse, salvo en los casos de un gran amor, pero eso sólo tal vez.
Y así todos podemos tener pensamientos especiales con respecto a mucho de lo importante, pero debemos callarlos, en función de mantener nuestras uniones superficiales. ¿Por qué superficiales? Porque para mantener esas uniones en funcionamiento se necesita compartir cosas muy generales y muy simples, generándose una dinámica de preferencia hacia esas simplezas, sólo por la conveniencia de ser comunes a los demás y de sostenernos en nuestra unidad.
Por ejemplo, hay grupos donde importa qué color de indumentaria uno prefiere, y se van sumando afinidades entre quienes gustan de ciertos colores, llegando a un diálogo de roces contra quienes prefieran colores diferentes.
Y en las reuniones se evita hablar con seriedad y analíticamente acerca de temas fundamentales, tales como el futuro, el pasado, la existencia, el poder, la racionalidad y la locura social.
Esos temas los aburren, los deprimen, los confunden, los fastidian, los amargan, y al parecer no los seducen ni los conectan.



IMPERSONAL

Es comprensible que alguien arme oraciones
hablándole a alguien más;
oraciones que no son un monólogo,
sino la mitad de un diálogo.
Pero hay uno que no le habla a nadie en especial,
salvo a un dios,
que es solamente el azar de que haya un dios;
hablando oraciones al azar
por el puro sentido de estar
intentando el azar de un dios que exista.
O de que alguien más,
en algún lugar,
algún lejano día,
descifre estas oraciones,
imaginando que alguien le hablaba
desde un momento del pasado.



LOGROS DEL CAPITALISMO

Por la hacinación en los conglomerados urbanos se le negó a millones de millones la relación con los espacios naturales amplios.
Y la ciudad fue siendo racimos de murallas, algunas veces ayudada con árboles sobre las veredas, además de algunos parques y plazas.
Pero la naturaleza al natural fue quedando afuera.
Y se originó una psicosis de adoración a la ciudad de piedra.
Por esta razón se dejó de ir a contemplar el río océano ocre oscuro donde la ciudad había comenzado, y por donde habían llegado nuestros flamantes ancestros.
Para evitar ir hasta sus orillas y observar desde la costanera la infinitud del agua en un casi manso entrechocar de olas sin destino, los habitantes habían construido barreras hechas de predios militares, de restaurantes, de pastizales desolados y hasta un aeropuerto ubicado a lo largo, para que nadie pudiera acercarse al río.
A veces, en algunas noches de calor torrencial, la gente se juntaba a la entrada de lo que había sido siglos atrás un balneario con terraplenes escalonados, desde donde los últimos bañistas del mundo bajaban a refrescarse en el río.
Pero ya el balneario se había convertido en un abstruso asentamiento de desocupados.
Y la gente salía en familias a tomar el fresco a la orilla, aunque mirándose entre ellos, no al río, al que la intensidad de la noche pone destellos de cielo en las crestas de las olas, porque visto así les parecía un organismo vivo, y tal vez eso les causara algún temor.
Pero como si aun no hubiera sido suficiente la barrera de cosas que dificultaban el acceso al río, se decidió borrar casi todo aquello que existía y se construyó un gran cordón de barrios con edificios de cincuenta pisos custodiados por las tres fuerzas armadas, los guardacostas y los veteranos de la frontera.
¿Observarán entonces el río desde esos ventanales lujosos?
Si es así, vislumbrarán en los días claros una línea traslúcida insinuada hacia el último ruedo de su horizonte. Es la costa de un país que queda del otro lado, y que visto desde tan desde lejos parecería ser un país imaginario, de un material extraño a la ciudad, tan incorpóreo y quimérico como el río mismo.



COMPRADORES AMBULANTES

Los compradores ambulantes transitan en el interior de sus cadáveres de tela. Algunas partes de esos cadáveres tal vez sean de cuero, o de plástico, o incluso de metal, pero eso no les cambia su rumbear de cadáveres, ese desinteresado dejarse llevar por los cuerpos a los cuales envuelven.
Los compradores ambulantes, en el arreo cosmopolita, con sus caras de avidez adquisitiva, se esconden bajo los cadáveres de tela y se protegen con ellos.
Los cadáveres que llevan encima pueden otorgarles un gran prestigio, son en cierta forma su permiso real de ciudadanía, su autoridad concreta para estar paseándose a cualquier hora; su modo de explicarles a los demás que ellos también tienen cómo y con qué hacerse de unos buenos cadáveres de tela para cubrirse; cadáveres acordes con la moda, estilo cruzado, solapa clásica, tonos sobrios, corte estándar, bolsillos sport, con aplicaciones de botones láser en tornasol fluorescente.
Toda esta escena, enfocada por una cámara de rayos om, mostraría un fotograma de miles de cerebros flotando en las tinieblas del infinito, sin nada que hacer ni en qué pensar, girando imposiblemente en el centro de la nada.
Cerebros desnudos, sin cadáveres que los recubran, desnudos en la sequedad de su inexistencia, ateridos por la soledad, rígidos de espanto.



HÁBITOS DEL ALMA

Al final, el alma del hombre es nada más que una partícula subatómica que cuelga del no espacio, como un puntito sin dimensiones, una pequeña esferita de nada, que es la puerta por la cual nos conducimos a Dios.
En un futuro, la unión entre las disciplinas del yoga y las últimas definiciones de la física cuántica darán la posibilidad de enfocar gran parte de nuestra energía hacia Dios, mientras el cuerpo queda inerte, medio apagado, manteniéndose con vida gracias a un preparado que se tomará con un poco de agua antes de intentar el enfoque divino.
Entonces, la energía vital parece desprenderse del cuerpo e ir a concentrarse únicamente en ser el alma y estarse como corporizando en una mejor dimensión, o, para decirlo simplemente, siendo en Dios.
Aunque algunas veces el alma no se corporizará en la dimensión de Dios, sino en cualquier otro mundo, y regresará apenas habiendo comprendido algo.



UN INSECTITO

Un insectito que vuela vino a posarse en la página del cuaderno, quizás atraído por el haz de la luz celestoide con que alumbro, emitido por esta linterna de bajo consumo, que sólo consume una microgranésima de plutonio cada setenta mil años.
Al insectito lo eché piadosamente, pero con rigor. De cualquier modo volverá.
Y aquí está. Ha vuelto, surgido desde la oscuridad de mi alrededor.
Apareció como un meteoro; se le oyó dar un golpecito fuerte al aterrizar sobre el cuaderno. Por otra parte fue un aterrizaje exacto, sin rebotes ni deslizamiento. Simplemente en un instante estaba ahí. Antes no y ahora sí.
Creo que no debe haber aparecido de la nada por dos motivos. Uno: que los insectos no aparecen de la nada. Dos: porque hizo ese ruido a golpecito en el momento en que impactó sobre el papel.
Lo había vuelto a echar y aquí está de nuevo, recorriendo las letras y deteniéndose entre los renglones, en los ojalillos por donde pasa el espiral de alambre que encuaderna las hojas. Pero eso me fastidia y lo eyecto otra vez hacia algún lugar contra la oscuridad del piso. ¿Se habrá tratado del mismo bicho?
También podría ser que el golpecito sobre el papel que se escucha cuando el insecto aparece no se deba al impacto del aterrizaje, sino que tal vez sea el sonido que hacen estos seres cuando aparecen desde la nada en la realidad, sobre una hoja de cuaderno.
Un ruidito a quebrarse mínimo de dimensiones, a agrietarse apenas un poco de la estructura espacio–temporal y el insectito ya pasa de una dimensión a la otra.
¿De dónde será que provienen estos complicaditos mecanismos biológicos?



UN CUENTO MENOS

Renacimos, como quien dice, a la edad de veinte y pico de años, en que nos miramos y nos dimos cuenta de que en verdad no sabíamos quiénes éramos, ni nosotros cada uno, ni ninguno para el otro. Fue un reflejo compartido. Observamos reverencialmente el cielo al mismo tiempo y nos preguntamos:
-¿Dónde queda el universo?-
Como en todo renacimiento, hubo un shock experiencialmente básico y procedimos a desconocernos de aquello cuanto nos rodeaba.


OPINIÓN DE LA CORONA ACERCA DE LO AUTÓCTONO

Desde la llegada de los colonos españoles a la región pampeana, estos campos se encontraron asolados por grupos terroristas nativos que intentaban subvertir el orden de los valores divinos y destruir la moral occidental y cristiana.
Tales terroristas casi nunca presentaron una batalla franca, abierta y leal, en la cual los habríamos exterminado de una vez con nuestros sables y cañones. No. Los muy ladinos se movían asaltando y huyendo, como es propio de los espíritus inferiores. Y en su ambición desmedida de poder darse una vida regalada, aquellos salvajes arreaban ganado bovino y caballar en cantidades, lo que implicaba pérdidas económicas para los verdaderos dueños de todo ese ganado; es decir, nosotros, los conquistadores españoles.
Sus actos criminales contra nuestro poblamiento invasor mostraron siempre la perversidad de sus designios. Su único objetivo era imponer un estado de anarquía donde ellos lograran apropiarse de los animales y las tierras que nos pertenecían exclusivamente. Porque… a ver, ¿quiénes fueron los que dejaron las vacas y los caballos para que se produjera su libre multiplicación en aquellos campos, antes desaprovechados por esos nómades que sólo se dedicaban a la vagancia y la rapiña?
¡Pues la causa de tal enriquecimiento de los campos con pródigas manadas de vacunos y equinos fue aquella primera invasión española a las costas del estuario más ancho del mundo trayendo un cargamento de tales bestias!
Cuando una segunda oleada de nuestra invasión sobre estas praderas avino desde el norte selvático, el nuevo aluvión de invasores se asombró de encontrar las miríadas de ganado que en menos de medio siglo se había reproducido ferazmente gracias al clima y a la fertilidad del suelo. Y obviamente todo propiedad nuestra, de modo que en orden a justicia esos vagos inútiles y terroristas no podrían reclamar derecho alguno sobre ellos.
Y, de tal modo, ha seguido siendo todo nuestro; hasta hoy, en que venimos a cobrarles por las cincuenta millones de vacas que existen actualmente en este territorio pampeano, descendientes de aquellos primeros vacunos de la conquista, y los cuales, lógicamente, nos pertenecen.
Haciendo un precio global de a dólar el kilo vivo son unos cientos dólares por cabeza, por cincuenta millones de cabezas son más de diez mil millones de dólares lo que nos deben, atendiendo a un sensible descuento que les hacemos por época de crisis económica, y además sin siquiera cobrarles los caballos ni todas las reses que hasta la fecha habrán sido cuereadas y consumidas.
Además los actuales habitantes de estos lugares deben agradecernos que desde el comienzo de nuestra invasión hayamos combatido a las bandas terroristas que ocupaban ese espacio, compuestas por razas degradadas incapaces de aplicarse al trabajo de la tierra, que simplemente pasaban sus días viendo de procurarse algo de alimento, sin más diversión que las bullas silvestres de las tolderías, sobreviviendo a las heladas invernales carecientes de abrigo, y sin una sombrilla para cubrirse bajo los soles del verano. Bárbaros errantes, apenas agrupados en algunos asentamientos dispersos, y con creencias supersticiosas y paganas.
Razas a las cuales, sumidas en la infernalidad de sus almas, les ha resultado difícil entender nuestros mensajes de amor cristiano, debido a lo cual ha resultado absolutamente necesario desde un principio, en lo posible, esclavizarlas, o aniquilarlas directamente sin remordimientos.



FALSO INFORME SOBRE DESCARTES

Descartes descartaba ideas hasta dudar de todo.
Yo dudo de que haya existido Descartes. Pero no lo descarto.
No descarto cuanto parece que escribió, pero tampoco le estoy pidiendo una solución al problema decisivo de la humanidad: ¿cómo hacer para almacenar óptima y operativamente todo el material producido por los filósofos?
A esta pregunta, lamentablemente, ningún filósofo da respuesta, salvo Descartes, quien dudaba de la existencia de los filósofos, de la filosofía y de la humanidad; pero, claro, como esas eran categorías demasiado fuertes para descartarlas, tuvo que comprender que seguramente se trataría de arquetipos ideales que iban imponiéndosele en el espíritu.
Eso debió haberlo vuelto loco. Dudó de todos los instantes. Quiso dominar a la realidad por el mero trámite de no creer en nada de lo que ésta le proponía.
Aunque detrás del velo de la realidad, desgarrado por la incredulidad de Descartes, aparece un duende recién concebido, que lo interroga sin piedad:
-¿Y ahora qué, Descartes?



MONOLOIDES


Eu es una monoloide ahumana, cubierta con trenzas de seis colores.
Ad es otro monoloide. Peina su vellosidad completa contra las cortezas de los árboles de caucho.
Caminan, y sus pies se posan sobre el algodón verde del césped del mar pampa, convertido en una pradera fertilizada por antiguas algas, con lomadas lentas que duran hasta el círculo del horizonte.
Los labios de ambos descansan en una sonrisa recta de origen genético.
Se contemplan sin pensamientos, obedientes a las leyes naturales de sus cuerpos, desinteresados en contravenir la herencia que los ha causado.
Ad sólo espera que no se les acerque un animal pérfido, la viborracha, que se arrastra por la pampanidad con un andar bamboleante y con aquella mirada amarilla de los tormentos biliares. Conoce que el veneno de su mordedura les provocaría a ambos monoloides ciertas alteraciones, en las que Ad transgrede las reticencias de Ev y la embate desesperadamente, y en los que ella declama a espasmos una alucinación de los hijos aún no concebidos.
Ev al fin convence a Ad de trasladarse al sur, a una región más fría, donde abundan las manzanas para exportación, y donde la viborracha no tendría por qué poder llegar. Pero llega.
Allá se alimentan con frutos jugosos y cristalinos, de cáscaras verdes o rojas. La nueva dieta los enferma, y ambos pierden casi por completo el pelaje de sus cuerpos. Y el cerebro se les va transformando debido a la ultraoxidación de estos alimentos, y les aparecen chispazos interneuronales, que en el silencio de sus mentes se reproducen como sonidos, y así van elaborando las palabras.
Ahora albergan predicciones de infelicidad. Los sonidos cerebrales son cada vez más continuos y varían con urgencia. Ya no pueden retener las formas apacibles de la lentitud, cuando aún nada ocupaba sus mentes.
En unos días le han puesto nombres a todo, y la confusión de aquel cascabeleo se les vuelve más y más acuciante.
Se encuentran alejándose a velocidades raras, por caminos diferentes.
Suelen separarse, y así la soledad es su primer gran descubrimiento.
Por esto, la viborracha reaparece ante ellos, esta vez con la forma de una botella de jugo de alcohol.
Y ellos la buscan a diario.
Para embriagarse en un vértigo mayor que los aturda de este otro vértigo, tan discursivo y desolado.



ANILLO DE LIBERTAD
  
Ya saben que hay gente que tiene el destino de llevar un anillo que los hace invisibles. La vida, así transcurrida, se convierte en algo mágico, pero no del todo grato, ni mucho menos gratuito. Esto tiene un costo. Es el costo de llevar un anillo que a veces se quiere y a veces no se quiere llevar; y que por momentos se rechaza, para que más tarde haya un anillo esperando ser llevado.
Y la invisibilidad que el anillo provee a quien lo porta tampoco es muy buena. En ella se encuentran los seres del mundo imperceptible, que acechan entre los diseños moleculares. Se oyen sus graznidos, inaudibles para los oídos normales, pero que una mente invisibilizada capta perfectamente. Y se huele un aroma implícito en el aire, que existió o existirá alguna vez, como un olor a fantasmas.
Y se siente un gusto metálico a radiación o a nada, que por lo común desorienta.
Y la persona invisible se queda inerme ante los rayos que caen desde algunas estrellas a lo largo de las noches y los días.
El anillo, al ser utilizado, transporta al cuerpo viviente hacia otra dimensión de este mundo, en un viaje instantáneo y sin más equipaje que lo puesto. Y se está en un lugar donde todo es igual, pero observado diferente, bajos unas tormentas de rayos resecos que alinean en la misma frecuencia microatómica al mundo de esa dimensión y al cuerpo viviente que lleva el anillo.
Así se accede a una visión del mundo sumido en un percance donde las formas trasuntan sentimientos de temor o tristeza, y el cielo es de un color caótico que predice alguna contienda eterna.
En cambio, en la dimensión normal, los rayos microatómicos no nos afectan en directo, y resultan absolutamente inapreciables para casi todos los humanos, aunque no para las especies que son para-dimensionales (ciertos animales que participan sensorialmente de dos o más dimensiones).
Las consecuencias del impacto de uno de esos rayos astrales en la vida normal genera alteraciones en la fortuna, la salud, o en la relación entre las personas. Pero, claro, nadie puede darse cuenta de que son los rayos microatómicos los que, en esa otra versión más de fondo de la vida, les provocan sus suertes, de las cuales los sucesos terrenales son simplemente apariencias de lo que allí sucede.
Estando en la dimensión del anillo, la potencia magnética de un rayo microatómico puede significar una herida seria en el cuerpo viviente, pero en nuestra dimensión normal su eco se desvía, se lateraliza, hace diagonales, zigzaguea, y se reproduce como una alteración natural de la realidad próxima, tal vez lastimera, mientras el paisaje circundante permanece normal.
Ahora mismo nadie parece advertir la contienda terminal que se está librando entre los portadores de los anillos y unos monstruos llegados de las cavernas galácticas. De cómo los soldados de la verdadera humanidad se debaten heroica y abnegadamente, y sus almas se astillan contra la crueldad ominosa de nuestros enemigos en lo invisible, mientras, en este mundo, sus cuerpos parecen apenas enfermarse de algo raro, o padecer una indiferencia inusual.
Y tampoco nadie parece sorprenderse de que sobre los océanos floten sobrantes de veneno, y de que el color del sol, particularmente en las ciudades, esté bastante desvaído desde hace ya un tiempo.



CALVARIO

A la mayor parte de los que vienen a parar al infierno les sucede olvidarse del destino que les ha tocado en desmérito, cosa de la cual bien deben haber tenido conciencia al momento de ser desgarrados del cielo; pero que, en el instante de hallarse ya ubicados en este abismo de pesares, en la casi totalidad de los casos se les pierde de la memoria de una vez y para la entera vida. Salvo en un porcentaje mínimo de gente que antes o después, más temprano o más tarde, recuerdan en un día de lucidez fatídica, en un relámpago aciago, las lúgubres características del espacio que aquí se habita.
Dentro de estas excepciones nos contamos nosotros, los que nos damos cuenta porque sí, diferenciándonos de aquellos que no se dan cuenta porque no.
Y para no extenderme demasiado en explicaciones, voy a decir que, por fuera de esa gran inmensidad de distraídos de la terrible verdad, me encuentro yo.
Y no es que quiera hablar especialmente de mí, pero prefiero no diluir el tema central de esta nota con las problemáticas individuales de aquellos otros que también se han dado cuenta, y con quienes, por lo mismo, aprendemos a reconocernos de tanto en tanto, y a encontrarnos para charlar tal vez de cualquier cosa, menos de los que ya sabemos.
Lo real es que el infierno es este paredón largo y complejo, hecho en materiales de colores distribuidos ante nuestros sentidos.
Y, en cambio, el cielo (no lo que acá se da en llamar el cielo, sino el cielo de verdad, el que queda del otro lado de este cielo, en el reverso absoluto de las cosas) ese cielo es un lugar, y ni siquiera un lugar, sino una manera de haber muy, pero muy diferente a lo que ocurre en esta común realidad.
Acá, tan obvia es la cualidad infernal de la vida, que parecería casi obligatorio que todos la percibieran. Pero no. Las abrumadoras mayorías manifiestan ignorar su acontecer en este espacio-tiempo demoníaco, con un asombroso desconocimiento de lo que les pasa; cosa que no les resulta a su favor, porque en su incapacidad para evitarse esta ignorancia convierten sus vidas en algo denso y abrumador, aunque muchas veces ellos ni se anotician.
En cambio, dado el carácter propio de las escasas personas que estamos al tanto de lo que aquí sucede, este conocimiento, o nuestra incapacidad para evitarnos tal conocimiento, nos conduce a una infelicidad permanente.
Y, por supuesto, una mañana desearíamos despertarnos ya sin saber, por más que ésta sea una pretensión ingenua.
Al menos, de tanto en tanto, intentamos apaciguarnos nuestro dolor de comprender transmitiéndole este conocimiento al resto de los humanos que se encuentran aquí con nosotros infernalizados; lo cual pasa por ser una tontería, en primer lugar porque no consideramos adecuadamente de antemano cómo será la reacción de los demás ante semejantes revelaciones que les espetamos, ya que usualmente los conturban (casi siempre con afectación de rechazo, de porfía y de negligencia); y en segundo lugar porque esa acción de revelárselas no solamente no les va a servir a los otros, sino que, por diferentes variables, eso atrae consecuencias problemáticas para nosotros mismos, lo que lleva a que se triplique o cuadruplique nuestra situación de infernalidad, como si cometiéramos un gran mal al querer declarar lo que de por sí debería ser evidentemente cierto, o como si al actuar en este papel de propalar un conocimiento verdadero, al divulgar una verdad que por ser verdad no podría ser menos que benéfica, no nos deviniera otro fin más que de un sufrimiento acumulativo para quienes así lo intentemos.
Dado lo cual, estimo, me prevengo y me encomiendo no brindar este texto para la lectura de las personas, sino nada más para mi único e intransferible pasatiempo.
Y tal vez para cierta melancolía anticipada por un futuro que jamás será el que hubiéramos deseado compartir entre las muy escasas amistades de quienes padecemos este calvario de venirla entendiendo.



LA RELIGIÓN DEL ADIÓS


El deber del ser humano es luchar contra la estupidez y contra vivir la vida estúpidamente, recitó NN.
Era uno de los tantos preceptos audaces y sin consecuencias que florecieron a fines del capitalismo, parte de la amplia catalogación de frases, dichos y reflexiones que integraba el código final de la Religión del Adiós.
-Adiós. Adiós- murmuró NN mientras se reía, porque enunciar al Adiós siempre le causaba una sonrisa fuerte, cuando no una risa franca, y hasta una flor de carcajada concluida tan de golpe como había empezado.
-Adiós. Adiós-

-¡Pero qué forma tan antigua de despedirse de las cosas!
-Es una frase para los momentos de la despedida permanente.
-Parecería redundante; si ya está siempre despidiéndose ¿para qué se despide ahora?
-Una obviedad, claro.
-Obviedad patética, porque interrumpe los instantes cruciales del despedirse.
-¿Sería mejor el silencio, no? Todo un silencio.
-O no. Tal vez mejor un declamarse los nombres.
-Los nombres verdaderos.
-Seguro, no los nombres del registro civil.
-Sino aquellas palabras en las que realmente somos.
-Nuestras auténticas palabras.

Y entonces, uno, ¿de quién se despedía? ¿O de qué? ¿O hacia qué?
-De nadie. La despedida es de uno mismo, todo el tiempo.
Pero en verdad se despedía del sistema de opresión y explotación de los ejércitos de dominadores erguidos sobre los ejércitos inermes de los dominados.
-Adiós. Adiós, sistema de mentiras, de robo y de esclavitud moderna.

Así, la religión del Adiós era un verdadero canto nostálgico a ese pasado que ya cesaba por todas partes, cayéndose en pedazos en grandes bloques de descrédito.
Un derrumbe de las creencias, de los votos de confianza, de los preceptos incorporados; cuando la mitad de la población humana se quedó ya sin saber cómo reaccionar.

De un día para otro el mundo había cambiado.
Hasta los toponímicos de las calles, las plazas y las estaciones de los trenes comenzaron a ser reemplazados rápidamente.
Muchos que nunca habían abierto los ojos a la ciudad casi no supieron cómo regresar a sus casas, ni encontraban la ruta a sus trabajos.
Entonces, de a poco, las ciudades se despoblaron y una enorme ovación de libertad se oyó cruzar por todo el territorio del mundo cuando el primer día del nuevo año nuevo los pueblos de la humanidad, de conjunto, a lo largo de todas las líneas latitudinales, elevaron sus voces en agradecimiento a la Luna, una por estarse ahí, otra por su belleza, y además por haber alumbrado la noche cruda de este largo andar hacia una nueva forma de vivir más humana, más realista, más simple, más fructífera, más poderosa y más inteligente.



FIN DEL MUNDO

En típicas situaciones de fin del mundo la calle será una algarabía de perros criminales, combatiéndose como si no hubiera más que eso.
La tierra crujirá por todas partes, pero habrá suspenso porque nadie sabrá muy bien por dónde empezará a rajarse, ni siquiera en los más modernos institutos de estudios sísmicos.
Los relojes perderán confiabilidad, debido a las mareas magnéticas que se alzarán desde los océanos en agitación, hamacándose enloquecidos, erizados de olas vertiginosas que alcanzarán alturas imposibles, y derribándose para formar con el mismo impulso otras olas de igual altitud.
Y tanta energía hídrica sacudiéndose por ahí provocará un retumbar planetario posible de ser escuchado a mucha distancia de las costas, hacia el interior de los continentes, donde ni las montañas podrán detener el sonido del mar.
En medio del terror, la gente siente un fraguarse de mil tormentas eléctricas dándoles idea de que es el propio universo lo que se resquebraja.
Entre la vorágine, los futuristas, engalanados y sutiles como lacayos, le surten bienvenidas a la nueva era.
Los refugios antiatómicos se demostrarán muy limitados para protegernos del evento.
De pronto surgirán desde los subsuelos de las ciudades especies de insectos que hasta entonces no se habían dejado descubrir.
A instantes de asistir a los momentos cruciales, las personas se sentirán eficaces, por un acto de vana misericordia del mundo, y donde estén comprenderán todos los porqués y los cómo debió haber sido, y lo que hubieran debido haber hecho de sus vidas.
Y ante tanta claridad se les perfilará una sonrisa inintencionada, que les dura poco porque en un festival de calamidades el aire se dividirá en bolsones de enorme presión, con tornados y ciclones saliendo disparados hacia los alrededores, e incluso entrechocándose y multiplicando entre sí su virulencia eólica.
Ahora la gente ha salido a las calles, y los autos se detuvieron para no atropellar a nadie. Y todo es un enloquecedor estampido de bocinas reclamando paso.
La gente no sabrá por cuál cosa aterrarse más entre todo lo que se irá ocasionando.
Y durante unos segundos expectantes, entre cálculos y plegarias, observan los edificios torre para ver hacia qué lado de las veredas irán empezando a caerse.
Ya todas las habitaciones habrán sido abandonadas. Cualquiera hubiera aventurado que la Tierra se autodestruiría.

Y en un sentir de pueblos a punto de desaparecer hay quienes palpan en sus bolsillos un billete, esperando que esto tan infrecuente que pasa no signifique que se vaya a postergar el próximo sorteo extraordinario de la lotería programado para la noche.



PURAS PALABRAS

Las palabras lo tensaban.
Entonces se distendió. Pero siguió pensando palabras. El origen de la tensión no tenía que ver con las palabras; pero sí las modificaba, hablándose tensamente.
La causa de la tensión debía de ser algo irracional, y por lo tanto inapreciable, o mejor dicho, mimetizado con sus pensamientos. Algo disimulado entre las palabras. Un discurso entre-discurso, un subdiscurso, como una clave; un código por el cual lo que él creía una cierta verdad cambia inadvertidamente hacia otra cierta verdad, hacia un significado escondido, entrelazado, subsumido en las palabras.
-Todo es diferente- se alarmó.
Así que todo…era…diferente…

Ahora cada palabra le resultaba sospechosa. ¿Qué podría designar? ¿Qué ocultaba?
Presintió una relativa animosidad contra él por parte de su propio pensar de costumbre. ¿Pero es que acaso no eran él y su pensar lo mismo?
¿Él no era su pensar y viceversa? ¿Entonces sería él versus él?
Algo en él, algo de él, le fue desconocido.
Creyó portarse como un adversario consigo mismo.
Sin embargo no era que una parte de él lo diferenciaba de sí.
Todo él era completamente otro él, todo completamente otro.
Todo plenamente él era otro que lo dominaba desde el fondo de las palabras.
Porque el otro sabía cosas que él no. Que él no recordaba.
Y entonces él sólo era una apariencia del otro, apenas una ficción del otro.
Ese subdiscurso, ese código propio con el cual el otro él se manejaba, lo llevaba a ir desviándose de sus intenciones; porque en el curso de las palabras nunca se decía las cosas claramente, dado que toda palabra que pensaba estaba un poco como sesgada con respecto a su supuesto significado, y entonces el discurso se le iba inclinando para un lado que ya no era el que lo llevaría a desarrollar y concretar sus intenciones conscientes, sino un discurso que lo iba derivando hacia un lado descorrecto, hacia algo tan estéril como un existir la vida sin haber logrado nunca edificarse un techo de palabras, y sin un piso ni una pared de palabras, ni nada.



VERDADES

Hay gente que ama profesar una verdad
Esta verdad dice ser la verdad para todos.
Sí, lo dice.
Pero decir se dicen muchas cosas,
y no todas son ciertas.
De hecho, la verdad es para unos pocos, pensamos.

Esto es una pavada.
No sé por qué lo dije.



NO HABÍA OTRA

-Tengo que pensar en Dios- se dijo él, en una mañana sencilla pero no menos panorámica.
El universo en sí era sólo una cáscara de la realidad.
Por dentro de esa cáscara se presentían los latidos de la pulpa sideral.
¿Qué pensar?
La cáscara era un torrente de infinitos momentos materiales, y de un mundo incluyendo la ingenuidad de algunos de sus congéneres y las frígidas maquinaciones de los otros.
En cambio, la pulpa era eso de verdad sobre lo que se sostenía la cáscara; una sustancia cualitativamente muy diferente.
En aquel universo real no sólo no existe ni el arriba ni el abajo, sino que tampoco hay un juntos ni un paralelo, y ni un rodearse los unos con los otros. En el universo real-real todo es una célula gigante, cuya más pequeña subpartícula es un ente absolutamente inconmensurable y poderosísimo (al menos para nosotros), que existe sin tener un por qué, o sea, porque sí nomás.
-Nomás porque sí- pensó.
Le iba a preguntar algo a Dios, cuando de pronto fue no únicamente que se diera cuenta de su menos que infinitesimalmente remota influencia sobre el curso del universo.
No.
Además tuvo la instantánea desalentadora lucidez de saber que era él mismo quien debía responderse a todas estas preguntas.
No había otra.


                                 FIN